Cristian subió a su auto y apoyó la mano izquierda en la parte superior del volante. Con los dedos de la otra mano comenzó a masajearse el labio inferior y la mandíbula, pensando.
Casi al segundo, su teléfono, que había sido lanzado a la guantera, se iluminó por un mensaje. El nombre de Graciela apareció en la notificación.
«Cris, gracias por traerme hoy. De verdad se me hace durísimo conseguir taxi tan tarde»
Cristian observó la hora.
2:12 AM.
Notando que seguía despierta, no lo dudó y presionó el icono de llamada.
—¿Cris? —la voz suave de la mujer no se hizo esperar.
—Voy para allá.
Y sin esperar una respuesta puso el auto en marcha.
Unos quince minutos después, Graciela abría la puerta; llevaba puesto un camisón semitransparente de color rosa pálido. Se había peinado el cabello y puesto un poco de bálsamo labial. Todo de manera muy sutil y natural. Nada cargado.
No sabía la razón de la visita de Cristian, pero estaba llena de expectativas. Llevaba tres semanas trabajando para él y este era el primer acercamiento real, aparte de aquel beso que le había robado días atrás.
Graciela recordó el momento exacto.
—No estabas en la mesa con el equipo —le dijo Cristian al encontrarla en un rincón del salón privado.
Ese día habían acudido a una reunión de negocios fuera de la oficina. Era de esa clase de encuentros donde, una vez firmado el contrato, los tratos se sellaban entre copas y conversaciones distendidas. Graciela había terminado alejándose del grupo principal para beber sola y, cuando Cristian la encontró, ella había perdido el “juicio”.
—Me aburrí de escuchar cosas que no entiendo… —balbuceó ella, arrastrando las palabras con una sonrisa.
—Nos vamos.
El hombre estiró la mano para ayudarla a ponerse de pie, pero en lugar de tomarle el brazo, ella se enganchó a su cuello. Se pegó a su pecho y, con el aliento impregnado de licor rozándole la mandíbula, apeló al pasado con una voz nostálgica:
—¿Recuerdas nuestra primera vez? Fue en aquel baño del segundo piso… Éramos tan traviesos, Cris. Recuerdo que no pudiste esperar, aunque te dije que fuéramos a mi habitación.
—Estás borracha —dijo él, intentando quitársela de encima.
Pero Graciela se afianzó aún más a él. Inclinó el rostro y le plantó un beso rápido en los labios, un pico que pretendía ser el inicio de algo más profundo. Intentó buscar más roce, acortando desesperadamente la distancia entre sus cuerpos, pero Cristian la tomó por las muñecas, retiró los brazos que apretaban su cuello y la apartó con firmeza.
—Enviaré a alguien para que te lleve a tu casa —anunció, acomodándose la chaqueta, como si le molestara que se le hubiera arrugado.
La angustia se apoderó de ella al instante.

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