—Señor Sterling, esto es muy grave —dijo el director de relaciones públicas de la firma, manteniéndose de pie frente a su escritorio—. Lamento interrumpir de esta manera, pero la situación exige su atención inmediata. Toda la prensa financiera y los portales locales han replicado la noticia. Los demás socios están profundamente preocupados y las líneas de la firma no han dejado de sonar desde primera hora de la mañana.
Cristian ni siquiera se inmutó. Su mirada estaba fija en el ventanal de su oficina. En su rostro no había un solo rastro de nerviosismo.
Con sumo respeto, pero visiblemente preocupado, el hombre dio un paso al frente y extendió el periódico sobre el escritorio, señalando el artículo antes de leerlo en voz alta con cautela:
«INCIDENTE NOCTURNO COMPROMETE LA IMAGEN DEL BUFETE STERLING: CRISTIAN STERLING ENFRENTA SEÑALAMIENTOS TRAS AGRESIÓN EN UNA DISCOTECA.
El renombrado abogado y socio de la firma, Cristian Sterling, protagonizó un altercado violento en un exclusivo recinto nocturno tras confrontar a su esposa, Estefanía Sterling, en compañía de otro hombre. Según testigos presenciales, lo que inició como un acto de provocación por parte de su cónyuge derivó en una brutal agresión física iniciada por el jurista, dejando a la víctima con heridas de gravedad que requirieron hospitalización inmediata. El arranque de furia no solo expuso ante el público el quiebre de su matrimonio por una flagrante infidelidad, sino que ha desatado duras críticas hacia su autocontrol, poniendo en duda la templanza y el profesionalismo de quien encabeza uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad.»
—Señor Sterling... —continuó—, se está poniendo en duda el autocontrol de la firma. Los medios están utilizando esto para menoscabar su reputación y la de la empresa. Si no emitimos un comunicado oficial o tomamos medidas de contención de inmediato, corremos el riesgo de que varios clientes corporativos soliciten una reunión de emergencia antes del mediodía.
Cristian bajó la vista hacia el papel, observando sin emoción la imagen distorsionada donde aparecía su cara.
—¿Qué se dice de la víctima?
Sus palabras eran igual de planas.
—El joven se llama Gabriel Vera, de veinticinco años —respondió el director de relaciones públicas, consultando rápidamente una libreta antes de alzar la vista—. Sufrió traumatismo facial severo, fractura del tabique nasal y una contusión cerebral leve. Está ingresado en la clínica central y, en cuanto confirmó su identidad, contrató representación legal. Ya entabló una demanda formal por agresión y lesiones graves, y sus abogados exigen una indemnización millonaria para no llevar el proceso a los tribunales públicos.
Cristian comenzó a tamborilear los dedos sobre la superficie de su escritorio.
—Ya veo.
—¿Qué piensa hacer, señor? —inquirió el asesor, conteniendo el aliento ante la pasividad de su jefe.
—Dígale a su equipo legal que acepte la notificación de la demanda. No vamos a escondernos detrás de acuerdos extrajudiciales —decidió—. Y respecto a la indemnización… que se prepare. Si cree que un par de huesos rotos le van a arreglar la vida a costa de mi dinero, le voy a enseñar cómo funciona el sistema legal que yo domino.
—¿Y sobre los medios y su esposa, señor Sterling?
—Emita un comunicado escueto: la firma no hace comentarios sobre asuntos personales en desarrollo judicial —ordenó Cristian con frialdad—. De mi esposa me encargo yo en persona. Ve a trabajar.
Apenas el asesor abandonó la oficina, apareció Graciela sosteniendo una tableta electrónica. Aunque su intención claramente no era la de informar sobre la agenda de su jefe ni mucho menos.
—No puedo creerlo. Todo el mundo está hablando sobre esto —señaló el periódico sobre el escritorio—. Esa mujer realmente lo hizo. ¡Te pegó el cuerno!
—¡Cállate, Graciela! —la cortó Cristian, haciéndola dar un paso atrás.

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