Javier le había dicho que seguramente Cristian regresaría y la sacaría en un par de horas, pero no fue así. Estefanía pasó un día entero sumida en la desesperación, atrapada entre esas cuatro paredes.
La orden había sido clara: no dejarla salir.
Su propio hermano había sido su carcelero, entrando a la habitación solo para llevarle comida.
—Por ahora lo mejor es que permanezcas aquí. Hay reporteros afuera, hermana —le había explicado él, mientras colocaba la bandeja sobre la mesa.
—¿Te estás poniendo de su lado? —se quejó ella, intentando esquivarlo para salir.
—Claro que no. Pero lo que hiciste ayer fue muy impulsivo. Estás en todos los periódicos. Quédate aquí por hoy solamente, hasta que las cosas se calmen.
—No, voy a salir —protestó, lanzándose hacia la puerta.
Desde hacía tiempo, Estefanía había notado que Javier había crecido mucho, pero justo ahora lo sentía de verdad.
En el preciso instante en que intentó cruzar el umbral, su hermano se interpuso. La diferencia de estatura se volvió aplastante cuando él extendió los brazos, alto y sorprendentemente fuerte, sujetándola con firmeza por los hombros para frenar su avance.
—¡¿Javier, qué haces?!
—Por hoy. Solo por hoy —insistió él antes de salir rápidamente y cerrarle la puerta en la cara.
—¡Javier! ¡Ni siquiera tengo mi teléfono! Lo extravié en el bar, por favor... ¡No me dejes así! —se quejó ella desesperada, golpeando la madera.
Pero nadie la escuchó.
Solo Sonya se acercó horas más tarde a la puerta para preguntar desde el pasillo:
—¿Necesita algo, señora?
—Sonya, llama a la policía. Me encerraron —suplicó de inmediato, aferrándose a esa única esperanza.
La mujer se disculpó con profundo pesar:
—Me temo que no puedo hacer eso, señora.
El resto del día fue una extensión del mismo infierno.
Horas interminables. Caminar de un lugar a otro. Encender el enorme televisor colgado frente a la cama, solo para encontrar programas aburridos. Un baño en el jacuzzi, rodeada de esencias aromáticas, hasta que el cansancio la venció por un momento.
Al salir, la impotencia volvió a consumirla. Arremetió contra el vestidor, desordenando la ropa de Cristian y lanzándola al suelo con rabia en un gesto inútil de rebelión.
Luego volvió a la puerta para golpear la madera y llamar a gritos hasta el cansancio, recibiendo únicamente el silencio como respuesta.
El desayuno, el almuerzo, la cena.
No había probado bocado.
La última vez que Javier entró, solo dijo:
—Ya las cosas se están calmando. No me mires así.
Ella solo lo observó salir, llevándose el plato del almuerzo que, como el del desayuno, tampoco había sido tocado.

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