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El juguete del abogado romance Capítulo 105

Estefanía quiso replicar que no le importaba si se enfurecía o no, pero en ese preciso instante, su estómago protestó.

Fue un sonido imposible de ignorar, sumiéndola en una profunda vergüenza.

Cristian bajó la mirada hacia su abdomen y la ferocidad en sus ojos se disipó.

—¿Qué tal una tortilla francesa con espinacas y un poco de tostadas? —preguntó de forma inesperada.

«Vaya cambios de humor que tenía este psicópata», no pudo evitar pensar con rabia. Un segundo la amedrentaba y al siguiente le ofrecía comida de la forma más casual posible.

—Suéltame —dijo ella, zafándose de su agarre.

—Te la prepararé yo —añadió él, soltándola sin oponer resistencia.

—¿Tú? —se burló ella, mirándolo con escepticismo.

¿Desde cuándo un tipo como él —un hombre que se creía el rey del mundo, un maniático del control acostumbrado a que una legión de empleados le sirviera hasta el café— sabía siquiera encender una estufa? La idea resultaba tan ridícula como absurda.

Pero Cristian no respondió a su pregunta, salió directamente de la habitación hacia la cocina.

Apenas le dio la espalda, Estefanía lo siguió, sintiendo que esta era su oportunidad perfecta para escapar. Sin embargo, descubrió lo obvio: la puerta principal continuaba cerrada y no había ninguna llave a la vista. Buscó debajo de los cojines, abrió los cajones de la consola de la entrada y revisó sobre cada mesa auxiliar. Nada.

Con el corazón latiéndole en la garganta, agarró un pesado adorno de bronce del recibidor e intentó forzar la cerradura del acceso principal, pero no hubo resultado.

Sus manos terminaron doliendo, mientras un olor extraño emanaba desde la cocina.

Estefanía se detuvo y observó en dicha dirección. ¿De verdad estaba cocinando? Necesitaba verlo con sus propios ojos.

Efectivamente, Cristian estaba allí. Se había quitado el saco, dejándolo sobre una silla, y se había arremangado la camisa blanca hasta los antebrazos.

Se giró levemente al notar su presencia y le señaló uno de los taburetes de madera.

—Siéntate —le indicó con una paciencia de la que sabía que no era poseedor.

Pero ella no le hizo caso. Lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿No te da miedo que agarre un cuchillo y te mate mientras estás de espaldas? —amenazó.

El hombre abrió directamente un cajón y tomó un cuchillo de hoja ancha y se giró por completo hacia ella.

—Adelante —dijo sin alterar la voz, ofreciéndoselo.

Los dientes de Estefanía rechinaron.

Le molestaba su actitud porque sabía que no la consideraba capaz de hacerlo.

Dejándose llevar por sus impulsos, tomó el cuchillo de su mano, pero en lugar de amenazarlo a él, lo giró hacia ella, colocándolo en la línea de su cuello.

—¿Y qué tal si hago esto? —preguntó, mirándolo con reto.

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