A Estefanía le resultó imposible no recordar su primer año de matrimonio. La ilusa versión de sí misma que anhelaba formar una familia a su lado.
En ese tiempo se había tomado completamente en serio su papel de esposa.
Quería que cuando él cruzara la puerta cada noche, encontrara en sus brazos un hogar, un refugio. No importaba lo tarde que pudiera llegar o lo cansado, o cómo había sido su propio día; ella siempre lo recibía con una sonrisa, le ayudaba a quitarse el saco y luego soñaba despierta con el futuro.
Cada pequeña muestra de atención, cada mirada, cada beso o caricia, ella lo atesoraba en su corazón. Y se entregaba de la misma forma. Sin restricciones. Con un amor demasiado sincero y doloroso. Porque dolía. Dolía amarlo tanto y no ser correspondida. Pero dolió más cuando se atrevió a pedirle que tuvieran un hijo.
Solo tenía diecinueve años, era demasiado ingenua, quizás todavía lo seguía siendo. En ese momento, sin embargo, era simplemente una chica perdidamente enamorada; amando a un hombre como él, que posiblemente jamás sabría lo que era abrir el corazón sin reservas.
—No voy a tener hijos, Estefanía —le había dicho Cristian sin el menor rastro de calidez—. Quítate esas ideas absurdas de la cabeza.
—¿Absurdo? ¿Un bebé? —repitió ella en voz baja, sin siquiera lograr ser escuchada.
Estefanía no podía creer que se estuviera refiriendo a la posibilidad de tener un hijo juntos de semejante forma.
Durante meses había imaginado una mini versión de su esposo: cachetón, con ese ceño fruncido cuando se concentraba, simplemente hermoso.
Pero claro, no era la primera vez que tocaban el tema. Aunque era la primera vez que ella se lo pedía directamente. En el fondo, sabía cuál sería su respuesta, pero albergaba una esperanza tonta. La esperanza de que él pudiera llegar a sentir algo por ella y cambiara de parecer, olvidara a esa mujer y empezara de nuevo a su lado.
¿Este era el día? ¿Era el día en que él le decía que la amaba?
Su mano descendió lentamente hasta que el tenedor tocó el plato.
—¿Un hijo? ¿Por qué ahora? —preguntó ella, tratando de contener el latir desbocado de su pecho.
—¿Y por qué no ahora? ¿Quién dice que hay un momento específico para tenerlo?
—No, tú sabes a qué me refiero… —Su voz tembló sin que pudiera evitarlo—. Cristian, ¿por qué ahora? Dime el porqué, por favor.
—Es simple —habló de esa forma pragmática y desesperante—. Tengo un imperio que proteger, un legado que necesita un heredero... y una atracción que, por más que te empeñes en negar, sigue quemándonos a los dos.
Sus palabras ni siquiera deberían ser una sorpresa, pero no pudo evitar sentir el peso de la decepción aplastándola.

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