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El juguete del abogado romance Capítulo 107

Una sonrisa fría, casi imperceptible, se dibujó en la comisura de los labios de Cristian. Había una burla calculada y peligrosa en su rostro mientras decía:

—Ese hombre hipotético suena como el tipo ideal —soltó con un tono arrastrado, cargado de sarcasmo—. De verdad, suena perfecto. Lástima que no vayan a ser los hijos de él los que lleves en tu vientre.

Estefanía apretó los dientes, tratando de no verse afectada por su arrogancia. ¡Vaya imbécil!

—¿Estás tan seguro? —lo desafió, levantándose del taburete—. Firma el divorcio y verás qué tan rápido encuentro a alguien que sí sepa lo que significa querer una familia.

La chispa de burla en los ojos de Cristian se extinguió en un milisegundo, reemplazada por una sombra densa y territorial. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia que los separaba, y la miró desde arriba.

—Completamente seguro —murmuró, inclinándose hasta que su aliento le rozó la mejilla—. Porque para que otro hombre te toque, primero tendría que pasar por encima de mí.

Su mano subió con lentitud hasta rozarle el mentón, obligándola a sostenerle la mirada.

—Que te quede claro: la única sangre que va a llevar tu hijo es la mía.

Estefanía no tuvo tiempo de replicar, tampoco tenía nada ingenioso que decir… Su cuerpo pequeño y débil fue atrapado por uno mucho más grande, mientras era llevada como una muñeca al estilo nupcial.

Cristian la cargó contra él, devorándole los labios en un beso desenfrenado mientras caminaba hacia la habitación. Se separó un poco de su boca, apenas lo suficiente para murmurar:

—Un baño. Quiero un baño con mi esposa.

Ella trató de empujarlo, pero el magnetismo entre ambos era real; una corriente eléctrica la atravesó. Su cuerpo, cansado de tanta lucha, necesitaba este respiro. El respiro que podría ofrecerle él, que podrían ofrecerse mutuamente.

Un gemido ahogado escapó de su garganta cuando sintió el contraste entre la fuerza de él y su propia rendición.

Cristian la llevó directamente al baño, pasando por encima del desastre de la habitación.

Una hora antes discutían como dos fieras y ahora se comerían de la misma manera, con un hambre animal que iba más allá de la lógica y de todo el dolor que se habían causado.

Pero el fuego rabioso no borraba el inevitable final.

Acostarse una vez más o no, tampoco hacía la diferencia. No había riesgo. Acababan de hablar sobre un bebé, pero era imposible que realmente ese niño existiera.

Sin soltarla, Cristian entró al baño y abrió la ducha. El agua cayó sobre ambos, todavía vestidos. La seda del vestido largo que llevaba para el día se pegó a su piel en segundos, volviéndose casi transparente, mientras la camisa blanca de él se transparentó también, marcando cada músculo de su pecho.

No hubo paciencia. Ni palabras. Ni gritos. Sus lenguas chocaron y sus dientes se rozaron en el proceso.

Capítulo 107 1

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