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El juguete del abogado romance Capítulo 108

La oscuridad y el silencio de su descanso fueron interrumpidos por el roce suave de algo sobre el piso.

Era como el susurro de una escoba barriendo hojas secas o el arrastre de una manta vieja.

Los párpados pesados de Estefanía se fueron moviendo, todavía sin una verdadera intención de abrirse. Así pasó mucho rato, sumergida en ese letargo, hasta que finalmente le dio la bienvenida a un nuevo día.

Lo primero que captaron sus ojos fue a la mujer que doblaba y organizaba ropa en una habitación que parecía más un campo de batalla que un dormitorio.

Estefanía no pudo evitar sentirse culpable. Ella había causado mucho de ese desastre —quizás todo—. Había tirado al suelo los costosos trajes de diseñador de Cristian, arrancándolos de sus ganchos en un ataque de pura rabia, e incluso estuvo a punto de estrellar contra la pared su colección de relojes de alta gama.

Ahora aquella mujer los recogía y ella no pudo hacer más que sentarse en la cama completamente desnuda para observarla.

¿No era eso aún más patético?

Luego de semejante ataque de histeria había dejado que Cristian se la follara como un poseso. Todavía podía sentir los rastros de su semen seco pegados al muslo.

Estefanía abrazó con fuerza la cobija que la cubría, mientras decía a la empleada en voz baja y apenada:

—Sonya, buenos días. Me aseguraré de darle un bono extra por esto.

Sonya se giró al escucharla, agitando una mano con simpleza para restarle importancia.

—Tranquila, cariño. Ya te he dicho que este es mi trabajo.

—No, esto no lo es —replicó, conteniendo la vergüenza—. No deberías tener que ordenar semejante desastre.

—No se atormente por esto, mi niña. Todos tenemos un mal día de vez en cuando. Además… usted tenía sus razones.

Los ojos de Estefanía se humedecieron sin que pudiera evitarlo.

¿Alguien en esa casa la comprendía?

Su propio hermano y Cristian se habían unido. Por un momento había creído que de verdad estaba exagerando, que había perdido la cordura. Quizás un poco era así.

—Déjame ayudarte.

Estefanía quiso levantarse, pero en el mismo instante en que hizo el ademán, sintió las piernas completamente entumecidas y un ardor agudo entre los muslos.

Su cara pareció delatar claramente lo que sus labios no se atrevieron a pronunciar.

Sonya se acercó, preocupada:

—¿Qué le duele? ¿Necesita un analgésico?

—No es nada.

En realidad no lo era, solo que el movimiento brusco le pasó factura tras el esfuerzo de la noche anterior.

De repente, recordó al causante de todo.

—Sonya, ¿dónde está él? —miró a la mujer en busca de la respuesta.

—El señor salió temprano —informó la empleada.

Estefanía no pudo evitar torcer el gesto. Era sábado. ¿A dónde se había largado y por qué quería saberlo?

—¿Dio alguna orden en específico?

—No, señora. Por cierto…

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