En cuanto el mayordomo la recibió, Estefanía fue guiada hacia el salón principal de la mansión Sterling.
—Oh, cariño… No me avisaste que venías —dijo Eleonor, disimulando su sorpresa al verla sin previo aviso.
Esta visita ni siquiera la había planificado. Estefanía solo sentía que era algo que debía hacer antes de mandar todo al diablo.
—Perdón, fue una decisión de último momento —respondió con un afecto sincero, acercándose a saludarla.
En los brazos de aquella mujer siempre había conseguido cariño y consuelo. Le recordaba mucho a su propia madre y por eso le costaba decirle adiós.
Se sentaron una frente a la otra, pero a diferencia de las veces pasadas la tensión era evidente.
Lo ocurrido en aquella discoteca había sido reportado en los periódicos y, aunque la noticia ya se hubiera casi disipado, no borraba lo ocurrido; no borraba lo que ella había hecho. A los ojos de Eleonor, había puesto a su hijo en ridículo.
Sin embargo, la mujer mayor actuó como si nada y le pidió al servicio que les preparara algo antes de volver a mirarla, esperando paciente a que tomara la palabra.
Estefanía no quiso dar rodeos.
—No me quedaré mucho hoy. Yo… —Se detuvo un segundo, sintiendo un nudo en la garganta—. Eleonor, esto…
Sostuvo la mirada de la mujer mientras se quitaba el valioso anillo familiar que llevaba en el dedo y se lo colocaba directamente en la palma de la mano.
Recordaba la emoción que sintió cuando lo recibió… las lágrimas. Aquella tonta chica que pensó que finalmente había conseguido un lugar al cual pertenecer.
Pero ese anillo ahora pesaba demasiado. Era como llevar la prueba de una promesa rompiéndose en mil pedazos, el peso de una fantasía que ya no le pertenecía.
—Perdón. No podré seguir llevándolo —anunció, respirando hondo—. Me voy a divorciar de tu hijo.
Eleonor no reaccionó con enfado ni sorpresa. En su lugar, mantuvo una paciencia casi dolorosa. Sostuvo su mano sin tomar del todo el anillo y, con una lentitud llena de afecto, alzó la otra mano para acariciarle el rostro con ternura.
—¿Estás segura? —preguntó en un susurro.
Estefanía asintió, tragándose las lágrimas.
Eleonor dejó escapar un largo suspiro, dejando que la mirada se le perdiera por un instante.
—El niño Cristian... siempre fue muy serio y callado —comenzó a decir con nostalgia—. Pero antes sonreía un poco más. Era difícil atraparlo en esos momentos, sí, pero lo hacía. Su padre solía regañarlo si hacía cosas que no consideraba adecuadas, aunque Cristian ya tenía ese carácter de por sí. Se parece más a Gonzalo de lo que le gustaría admitir.
La mujer hizo una pausa, y por un segundo una sombra cruzó por sus ojos antes de negar suavemente con la cabeza.
—Aunque no... él no es como su padre. No realmente.
Estefania guardo silencio, mientras pensaba que ya no quería intentar entenderlo.
No tenía caso.
—Supongo que no tiene caso preguntar qué sucedió, ¿verdad?

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