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El juguete del abogado romance Capítulo 110

—Oh, Eleonor... perdón por avisarte a último momento —murmuró Graciela con la voz pequeña, temblorosa, mordiéndose apenas el labio inferior—. No pensé que ya tenías pensada otra visita... Por favor, dime que no te causé problemas.

Fue recién entonces cuando Eleonor despegó la mirada de la puerta abierta, donde la figura de Estefanía ya se había disipado por completo en la distancia.

—Supongo que sí me causaste problemas —respondió la mujer mayor, con un semblante imperturbable.

Graciela abrió ligeramente los ojos, llevando de inmediato una mano hacia su pecho.

—Oh, no... Lo siento tanto, de verdad —balbuceó, dando un pequeño paso hacia atrás y bajando la mirada, al borde de las lágrimas—. No pensé que esto sucedería, Eleonor. Jamás habría venido de saber que ella estaría aquí... Por favor, discúlpame. Si prefieres que me vaya ahora mismo, lo entenderé. Lo último que quería era incomodarte o arruinar tu mañana.

Eleonor no cambió la expresión, pero tras un suspiro de resignación, dijo:

—Ya estás aquí. Pasa, hablemos.

Antes de avanzar hacia la sala, Eleonor hizo un leve gesto con la mano hacia una de las empleadas que esperaba al fondo del pasillo. La sirvienta se acercó de inmediato y la mujer mayor depositó con cuidado algo en su palma.

—Colócalo en mi joyero, en la habitación principal —ordenó con tranquilidad.

—Enseguida, señora.

Graciela no despegó los ojos del movimiento. La curiosidad le carcomía por dentro.

Al escuchar la palabra «joyero», entendió de inmediato que se trataba de algo valioso. Solo bastaba sumar dos más dos. Estefanía acababa de irse y Eleonor mandaba a guardar con recelo lo que sostenía en la mano. Sin duda, ese objeto pertenecía a esa mujer.

Manteniendo una actitud dócil y obediente, no hizo ninguna pregunta. Se dejó guiar por la dueña de la casa hasta el área de descanso del salón.

Sin embargo, en cuanto se acomodó en el sofá, un detalle llamó de inmediato su atención. Sobre la mesa de centro descansaba una bandeja recién servida: dos tazas de té y una cesta con aperitivos intactos.

—Toma un poco —ofreció Eleonor con la voz neutra, mientras tomaba la tetera para rellenar la taza abandonada y acercársela.

Graciela agradeció dando un sorbo y las dos quedaron en silencio hasta que Eleonor tomó la palabra:

—Si acepté recibirte hoy es porque, en su momento, formaste parte de esta familia —comenzó, clavándole una mirada que no dejaba espacio a las ilusiones—. No olvido que estuviste a punto de darle una hija a Cristian, Graciela. Pero no te confundas. Este lugar le pertenece a la esposa de mi hijo, y no voy a tolerar que intentes entrometerte en un matrimonio.

—Eleonor, yo no…

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