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El juguete del abogado romance Capítulo 12

A las siete en punto de la noche, Estefanía llegó al departamento en compañía de Cristian.

Lo primero que hizo fue correr a la habitación de Javier.

Ya sabía que estaba en casa.

Tocó la puerta con premura.

—Adelante.

El muchacho estaba sentado en una mesa, realizando sus deberes escolares.

Por un segundo, sintió alivio de verlo sano y salvo.

Inmediatamente corrió para abrazarlo, pero él se puso de pie, rechazándola.

—Te juro que te lo puedo explicar todo…

Sus palabras desesperadas parecieron caer en saco roto.

El rostro de Javier se mantenía serio. Ilegible.

—¿Explicar? —bufó él, cruzándose de brazos.

Entre ambos solo existían tres años de diferencia, pero justo ahora se sentía como si los separara una vida entera.

—Javier, yo… —se mordió el labio inferior, sin saber muy bien qué decirle; sólo alcanzó a balbucear—: No es lo que parece.

—¡Estefanía! —la severidad en el tono del muchacho le hizo dar un respingo—. Escuché perfectamente lo que sucedía en ese despacho. No quieras tratarme como si fuera un tonto.

Guardó silencio, comprendiendo que no se podía ocultar algo que estaba a la vista de todos.

—Ahora… —siguió Javier con cierto temor—. Quiero saber por qué lo hiciste.

Más silencio.

No pudo hablar.

Tenía un nudo en la garganta que no la dejaba ni siquiera respirar.

Se limitó a retorcerse los dedos con ansiedad, sin atreverse siquiera a mirarlo.

—¿Todo fue para que me sacara del orfanato? ¿Pagaste un precio tan alto para eso? —Y entonces el tono de su hermano comenzó a tornarse más débil, decepcionado.

Estefanía cerró los ojos, sintiendo las lágrimas correr por sus mejillas.

Ella tenía diez años cuando perdió a sus padres.

Recordaba ese día a la perfección.

Habían ido a la playa.

La radio sonaba con una canción.

Javier, de siete años, la tarareaba con ella en el asiento trasero.

Los dos aplaudían al ritmo de la música, sin imaginarse que sus vidas estaban a punto de cambiar a solo segundos.

Su madre, desde el asiento del copiloto, se giraba para alentarlos de vez en cuando.

Recordaba todavía su sonrisa.

Pura.

Sincera.

Jamás nadie le había vuelto a sonreír así.

De la nada, su muñeca se cayó al piso delantero… Quiso alcanzarla y se estiró bruscamente entre los asientos.

El movimiento distrajo a su padre.

Fue solo un segundo.

Un maldito pestañeo.

El control del volante se perdió.

Su padre intentó reaccionar, pero no pudo girar a tiempo.

Los faros de un camión los cegaron antes del impacto que destrozara toda la parte delantera del vehículo.

Luego solo supo que seguía viva, abrazada a su hermanito.

—Todo está bien, Javier... Mamá está bien, papá está bien, estamos bien —le susurraba al oído, mientras el pequeño lloraba aterrado contra su pecho.

Estefanía también tenía mucho miedo. Pero comprendió, desde ese instante, que su misión en la vida era protegerlo.

Pronto llegaron las sirenas.

Los bomberos.

Lo primero que hicieron los rescatistas al romper las puertas fue separarla de su hermano.

Había demasiada sangre.

La sangre de las personas a las que más amaba.

Todo estaba perdido.

—¡No, Javier! ¡Javier! —gritó con la voz desgarrada, estirando las manos ensangrentadas mientras unos oficiales se lo llevaban un poco lejos.

Desde ese día no soportaba estar alejada de él.

Siempre que habían estado a punto de ser adoptados, decidían comportarse de mala forma para que las personas interesadas cambiaran de parecer.

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