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El juguete del abogado romance Capítulo 111

Sonya arrastraba con dificultad una bolsa negra de plástico hacia el contenedor de basura del estacionamiento. En ese instante, un auto se estacionó a pocos metros

La mujer observó con horror cómo del interior del mismo bajaba su jefe.

—¿Qué es eso? —inquirió Cristian, acortando la distancia entre ambos.

La mujer dio un brinco, intentando cubrir el bulto de manera inútil con su propio cuerpo.

—Esto es... nada, señor, solo...

Cristian la esquivó sin esfuerzo y examinó el contenido. Lo que encontró fue un auténtico cementerio de flores: docenas de rosas amontonadas sin el menor cuidado, aplastándose unas contra otras.

—Perdón, señor —se apresuró a disculparse Sonya, dando un paso atrás con la mirada fija en el suelo—. La señora ordenó botarlas todas.

Los labios de Cristian se transformaron en una línea.

—¿Dónde está ella?

—Salió, señor. Le di su mensaje tal como usted lo ordenó.

—¿Segura? —insistió, clavando en ella una mirada inquisidora.

—Sí, señor. Salió hace poco.

Cristian levantó el brazo y examinó su reloj de pulsera. Mediodía exacto. Había cancelado un compromiso para llegar a tiempo, almorzar con ella y asegurarse de tener el resto del día libre para complacerla. Sin embargo, su mujer ya se había fugado.

—¿Y el mocoso?

—Salió también, señor. Dejó dicho que iría a hacer una tarea con unos amigos de la escuela.

—¿Y ese mensaje para quién era? —se burló Cristian, dejando escapar una sonrisa cargada de desdén.

Sonya se quedó paralizada, sin saber cómo reaccionar ni qué responder.

—No... no lo sé, señor —balbuceó la mujer, apretando las manos contra su delantal.

Cristian no añadió una sola palabra más. Le dio la espalda a la sirvienta y avanzó hacia el ascensor, sintiendo cómo la ira comenzaba a calentarle la sangre debajo de la piel.

[…]

En otro lugar, Estefanía planificaba su futuro con entusiasmo.

El maestro de obras que acababa de contratar caminaba a su lado, escuchando con atención mientras ella le indicaba los cambios que quería realizar en la casa de sus padres.

—Quiero que tiren esta pared para abrir el espacio —dijo, señalando con la mano hacia el patio—. Y el jardín hay que arreglarlo desde cero. Quiero césped nuevo, flores... que vuelva a tener vida.

Avanzó hacia la parte trasera, pisando la hierba alta. Al detenerse bajo la sombra del enorme árbol del fondo, el pensamiento de Javier le vino a la mente de inmediato. Pero la ilusión le duró apenas un segundo al recordar la frialdad con la que él había rechazado la idea de mudarse juntos a ese lugar.

Aun así, quiso intentarlo una vez más. Sacó su teléfono y tomó un par de fotos.

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