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El juguete del abogado romance Capítulo 113

—Haré como si no hubiera escuchado nada de lo que acabas de decir… —dijo Cristian con esa calma infinita que tanto la desquiciaba.

A Estefanía no le importaba estar caminando sobre un hilo muy delgado: su paciencia.

—No, escúchalo muy bien, Cristian…

—Basta de decir tonterías —la interrumpió él, tomándola del mentón con fuerza—. Si no vas a usar esa boca para decir algo útil, voy a tener que ocupártela yo.

Estefanía guardó silencio, observando en vivo y directo el cambio en sus orbes.

El color de sus ojos era de un marrón profundo, pero en ocasiones como estas el iris se dilataba por completo, dejando visible solo un negro infinito.

El deseo en su mirada era difícil de disimular.

Casi al segundo, el pulgar de Cristian le rozó el labio inferior antes de abrirse paso en su boca, presionando sobre su lengua mientras sentenciaba:

—Lame.

Estefanía quiso maldecirlo.

¿Quién se creía que era este idiota?

Pero esa pequeña vacilación de sus labios dio paso al dedo intruso.

Atrapada por la presión de su agarre, no pudo evitar preguntarse de qué tamaño debían ser los dedos de un hombre y por qué el pulgar de Cristian se sentía tan invasivo, tan absurdamente grande.

Mirándolo fijamente a los ojos, comenzó a succionar su dedo sin poder evitarlo. Había algo extraño y candente en toda esta situación.

Todavía no era inmune a sus encantos masculinos.

Y vaya que tenía muchos.

Estefanía comenzó a sentir calor mientras la mirada intensa del hombre la recorría.

Una sola mirada. Solo esos malditos ojos y ella estaba húmeda.

Y entonces, de la nada, comenzó a sonreír el muy cabrón, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella.

—Eso es. Buena chica —dijo él cuando notó que su pulgar estaba completamente empapado, bañado de su saliva.

Estefanía siguió succionando, aunque tenía deseo de tener algo un poco más grande en la boca.

De pronto, Cristian la tomó de la nuca y la trajo hacia sí de un tirón, arrancando el pulgar de sus labios solo para hundir sus dientes en su labio inferior.

—Ves cómo sí puedes usar esta boquita para cosas más interesantes, esposa.

Rabia y deseo, dos cosas que no deberían mezclarse, se apoderaron de su cuerpo.

Le molestaba tanto que él creyera tener el control, así que, furiosa, se alzó de puntillas y le rodeó el cuello, aplastando su boca contra la suya en un beso salvaje y cargado de veneno.

Se separó lo justo para sentir el aliento caliente de Cristian chocando contra sus labios.

—Usa la tuya —le exigió, clavándole las uñas en la nuca—. Quiero que me folles con la lengua.

Cristian dejó escapar un gruñido, la levantó en brazos sin esfuerzo y la lanzó sobre el colchón.

Capítulo 113 1

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