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El juguete del abogado romance Capítulo 114

Esa mañana, al abrir los ojos, se encontró con el rostro dormido de su esposo.

Estefanía se quedó quieta, observándolo en silencio. No pudo evitar perderse en la simetría perfecta de sus facciones, en sus labios finos, en la curva suave de su nariz y en esos párpados cerrados que guardaban una mirada tan profunda.

Allí estaba él: el hombre que amaba y aborrecía con locura.

El único que la hacía sentir completamente irracional.

Un segundo podría gritarle que lo quería lejos y, al siguiente, solo anhelaba la conexión más intensa y visceral. Esa que amenazaba con devorarla desde las entrañas, obligándola a buscar cobijo en la misma boca que le daba el veneno.

Arrastrada por el mismo instinto ciego que la dominaba desde el día en que lo conoció, se inclinó sobre él. Rozó sus labios, inhalando el calor de su respiración pausada, como quien busca la dosis diaria de su droga favorita.

Cristian la atrapó en el acto, sosteniendo con una mano su cintura mientras la apretaba más contra él.

—Buenos días, esposa —susurró con esa voz todavía somnolienta, que era capaz de escucharse como la melodía más bonita del mundo.

Con los dedos de una mano, Estefanía podía contar las veces que se había despertado así, en sus brazos. Siempre tenían sexo, mucho, pero al amanecer, el hombre que la tomaba con tal desenfreno ya no estaba a su lado.

Cristian tenía costumbres muy marcadas. Solía despertar muy temprano, hacer ejercicio y salir a primera hora a la oficina.

Ella, perezosa luego de que él le desgastara las energías en la noche, dormía un poco más. Y así, sus días siempre empezaban un poco más tarde.

Para su esposo no importaba si era lunes o domingo, siempre tenía algo que hacer.

Ahora estaban en un hotel donde se suponía que ella había ido a fugarse de él; como resultado, los dos habían despertado juntos. Y debía admitir que era uno de los mejores amaneceres que había tenido en mucho tiempo.

—Buenos días, esposo.

El masoquismo era una enfermedad difícil de curar, reconoció Estefanía para sus adentros, dándole una oportunidad más a este matrimonio que presentía que la haría sufrir de nuevo.

Cristian sonrió y ella solo pudo esconder la cara en su cuello, acurrucándose contra él.

—Volvamos a casa —murmuró él contra su cabello.

Estefanía no dijo nada. Solo asintió, rindiéndose una vez más.

Y así pasaron dos semanas enteras en las que Estefanía se ocupaba de sus propios asuntos, sin pensar demasiado en los problemas que ambos habían barrido bajo la alfombra.

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