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El juguete del abogado romance Capítulo 115

Cuando Estefanía se quedó dormida esa noche, Cristian se levantó de la cama con sigilo.

Miró por un par de segundos a la mujer que yacía a su lado. La respiración de Estefanía era suave, acompasada. Estaba seguro de que ni siquiera pronunciando su nombre cerca de su oído la haría despertar.

—Estefanía… —susurró solo para comprobar.

Efectivamente, ella no se movió.

Cristian sintió la tentación de devorar su boca, pero, en lugar de eso, cubrió la desnudez de sus hombros, luchando contra el deseo de quedarse a su lado y hacerla suya una vez más.

En silencio, se vistió a oscuras y abandonó la habitación.

Al subirse a su auto, comprobó un mensaje en su teléfono:

«Cristian, ¿de verdad vendrás esta noche?»

Habían pasado dos horas desde que entró a la bandeja. Antes de guardar el móvil, respondió dos palabras:

«En camino».

Al llegar al departamento de Graciela, ella no lo recibió como la vez anterior, donde sus intenciones de seducirlo eran más que evidentes. En esta ocasión, la mujer abrió la puerta con los ojos desorbitados, tomándolo de la mano con desesperación mientras lo hacía pasar.

—Cristian, escúchalo... —susurró con la voz rota, mirando hacia todos lados—. ¿Lo escuchas?

Cristian se quedó inmóvil en el recibidor. A través de los diminutos dispositivos que su equipo había ocultado detrás de los zócalos y las rendijas de ventilación, el sonido del llanto de un bebé se filtraba en toda la sala. Era suave, demasiado bajo… como un susurro al viento. Tenía hombres vigilando, encargándose de que ese sonido solo fuera escuchado por Graciela a una hora específica: la medianoche.

Si ella intentaba hacer pasar a alguien más, pedir opinión a un extraño sobre si podía oír lo mismo que ella, entonces el sonido se apagaría de inmediato.

Este plan había empezado tan solo la noche anterior. Graciela había llegado a la oficina con profundas ojeras, contándole sobre las pesadillas que la habían invadido.

«No pude cerrar los ojos en toda la noche, Cristian», recordaba haberla oído decir. «Había algo... un sonido que no me dejaba en paz. Siento que me estoy volviendo loca. Por favor, acompáñame esta noche, te lo suplico. Necesito saber que no son imaginaciones mías».

No eran imaginaciones suyas. El llanto era real, pero él no iba a decírselo.

—Cálmate, Graciela —le pidió con suavidad, limpiando un par de lágrimas de su cara—. No escucho nada.

Graciela sacudió la cabeza con violencia, aferrándose a las solapas de su chaqueta.

—¡No me pidas que me calme! —gimió—. ¡Está ahí, Cristian! ¡Escúchalo! Por favor, te lo suplico, haz un esfuerzo y escucha... Es real, te juro que es real. ¡Yo lo estoy escuchando!

Las lágrimas le corrían sin control, manchándole el rostro demacrado, hasta que el sonido cesó.

—Se detuvo... —murmuró la mujer con la mirada perdida.

—No hay nada, Graciela. Solo estás agotada —repitió él, sin la menor vacilación.

Graciela sonrió limpiándose las lágrimas.

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