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El juguete del abogado romance Capítulo 116

Graciela no pudo controlar el latido desbocado de su pecho mientras aquella mujer pasaba por su lado, sosteniendo un paño y un atomizador de limpieza.

Sus ojos, desorbitados y cargados de pánico, buscaron al hombre que permanecía de pie al otro lado del escritorio.

Cristian la estaba mirando fijamente y entonces su corazón, de por sí inestable, dio un salto violento.

Él no lo sabía, ¿verdad? No, no podía saberlo.

Una inexplicable sensación de ahogo la invadió. El aire comenzó a ser insuficiente y sus piernas parecían no ser capaces de sostenerla.

—¿Ocurre algo, Graciela? —preguntó el hombre con voz pausada, ladeando apenas la cabeza.

Graciela se obligó a recomponerse, mientras se convencía a sí misma de que solo estaba exagerando.

Al fin y al cabo, esa mujer nunca supo verdaderamente para qué era el medicamento que le había pedido comprar. Si había terminado en ese despacho trabajando de limpiadora, era simplemente porque a eso se dedicaba; no podía ser más que una mera casualidad.

—No, Cristian —respondió, forzando una sonrisa—. Solo me preocupé por los documentos que se ensuciaron. ¿Eran importantes? ¿Quieres que los imprima de nuevo?

—No te preocupes —dijo él, sin quitarle los ojos de encima—. Ve a la oficina de Ramírez y pídele una nueva copia. Él los tiene.

—Claro, claro. Enseguida —se apresuró a decir ella, dando la vuelta para salir de ese lugar.

De camino a cumplir el pedido, Graciela concluyó que necesitaba interceptar a esa mujer y hacer que renunciara ese mismo día.

A los pocos minutos, regresó a la oficina de Cristian con una carpeta. Dejó los documentos sobre el escritorio que ahora estaba completamente limpio y buscó una excusa para marcharse.

—Aquí tienes los papeles —dijo rápidamente, fijando la vista en la carpeta para no tener que mirarlo—. Si necesitas algo más, solo avísame a mi cubículo. Estaré allí.

Se disculpó apresuradamente y dio media vuelta hacia la salida, sintiendo la mirada pesada del hombre clavada en su espalda.

No tenía cabeza para otra cosa que no fuera hallar a esa mujer.

Graciela salió de la oficina caminando a paso apresurado por los pasillos; en el proceso se tropezó con un par de personas, pero ni siquiera se molestó en pedir disculpas.

A mitad del corredor principal, vio la silueta de una mujer con el uniforme del personal de limpieza. Sin pensarlo, la tomó con fuerza del hombro y la hizo girar.

—¿Dónde está tu compañera? —exigió con la voz alterada, apretándole el brazo, al ver que no era la persona que buscaba.

La empleada la miró sobresaltada y, sin atreverse a responder, solo señaló temblorosa hacia el fondo del pasillo.

Graciela la soltó y corrió hacia esa dirección, donde otra mujer limpiaba los cristales de un ventanal. Se acercó a toda prisa, pero al verle el rostro, se dio cuenta de que tampoco era ella.

—¿Dónde está la otra? —preguntó con irritación, mirando hacia todas partes—. La que acaba de salir del despacho del señor Sterling. ¡¿Dónde está?!

Las dos trabajadoras se juntaron y la miraron sin comprender, intercambiando una mueca de extrañeza.

—En este piso solo estamos nosotras, señorita —respondió una de ellas con cautela.

Graciela sonrió negando con la cabeza.

No, claro que no. Estaban mintiendo. Comenzó a insultarlas sin contenerse.

—¡Inútiles! —gritó fuera de sí, dando un paso al frente que hizo retroceder a ambas mujeres—. ¡Malditas inútiles, no me mientan en la cara! ¡Sé perfectamente a quién vi pasar! ¡Respondan de una buena vez antes de que haga que las echen a la calle a las dos!

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