—¡Ah, ah! ¡Sí, síii!
Tras ese último gemido intenso, sus párpados pesaron y el cansancio la venció por completo.
Cuando Estefanía volvió a ser consciente de sí misma, la oscuridad aún cubría la habitación.
Estaba desnuda, apenas cubierta con una sábana. Se enderezó desorientada, mirando a su alrededor. El reloj de la mesita de noche marcaba las tres de la mañana.
Una punzada en la vejiga la obligó a reaccionar; necesitaba ir al baño. Pasó la mano al otro lado de la cama, pero Cristian no estaba.
Miró el espacio vacío, preguntándose en silencio a dónde se había metido ese hombre.
Estefanía no le dio demasiada importancia. Conociendo su naturaleza, no sería nada sorprendente encontrarlo a esa hora metido en el despacho resolviendo asuntos pendientes; después de todo, Cristian era un auténtico adicto al trabajo.
Se levantó con cuidado, se cubrió con una bata de seda y, tras vaciar su vejiga, se quedó observándose por un segundo frente al espejo del baño. Su rostro era el de siempre, apenas un poco somnoliento. Se acercó un poco más para detallarse en el reflejo, hasta que su mirada se desvió hacia un costado.
Ahí, pegado en una esquina, había un pequeño calendario donde solía anotar sus fechas. Al verlo, una punzada la sacudió por completo: su menstruación todavía no había llegado.
Tenía exactamente tres días de retraso. No se suponía que fuera algo por lo cual alarmarse, considerando su situación actual y todo el estrés al que había sido sometida en el último mes.
Además, su médico ya se lo había advertido con claridad:
—Con la inyección trimestral es completamente normal que el periodo se vuelva irregular, se retrase varios días o incluso desaparezca por meses. Es solo una respuesta de tu cuerpo a la carga hormonal, así que no te alarmes si ves desajustes en el calendario.
Casi al segundo, Estefanía dejó de mirar el pequeño calendario y se enderezó, dispuesta a buscar a Cristian en su despacho y obligarlo a ir a dormir.
Sus pasos eran suaves gracias a sus pantuflas afelpadas, mientras caminaba por los pasillos del departamento tenuemente iluminados.
Estefanía frunció el ceño cuando estuvo de pie frente a la puerta del estudio y notó en el interior la luz apagada; aun así, hizo girar el pomo en su mano descubriendo lo que su corazón ya sabía: no estaba.
Se quedó de pie por varios segundos observando aquel lugar a oscuras, donde ni siquiera podía decir que había rastro de él en toda la noche; la silla permanecía perfectamente alineada al escritorio y no había ni un solo papel fuera de lugar.


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