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El juguete del abogado romance Capítulo 118

A media mañana, Estefanía llegó de sorpresa a la oficina de Cristian. No le avisó. Tampoco respondió el mensaje donde él le explicaba que había tenido un asunto que atender muy temprano.

Antes de siquiera levantar la mano para abrir la puerta, escucho voces provenientes desde el interior.

—¿Cómo te sientes? —era su esposo—. Puedes tomarte el día si no te sientes bien.

—No... prefiero estar aquí contigo —respondió Graciela en un tono tembloroso, como si estuviera al borde del llanto—. Me da pánico estar sola. Por favor, no me dejes, Cristian. Siento que me voy a volver loca si no estás cerca.

Se oyó un leve movimiento en el interior, seguida de la voz profunda y extrañamente tierna del hombre:

—Shh, tranquila. Ya pasó. Sabes que no te voy a dejar sola...

—¿De verdad te quedarás conmigo? —insistió ella—. Tuve tanto miedo anoche... No sé qué habría hecho si no me hubieras abrazado hasta quedarme dormida.

Estefanía dio un paso atrás con los ojos muy abiertos, como si no pudiera procesar nada de lo que acababa de escuchar.

La insinuación de que habían pasado la noche juntos, mientras ella lo esperaba en casa, fue el golpe definitivo.

En el trasfondo donde estaba inmersa su relación con Cristian, luego de tanto tiempo viviendo junto a la sombra de aquella mujer, ¿cómo no iba a ser esto algo devastador?

Él no la sacaba de su vida, tampoco la soltaba… seguía teniéndola allí, en una posición importante, aunque a ella le aseguraba que era todo lo contrario.

¿Pero qué peso podrían tener sus palabras en comparación con sus acciones?

Ahora había llegado al punto de escaparse de noche, mentir y… consolar a su amante a plena luz del día.

Estefanía de pronto se sintió mortificada. Una sensación de náusea trepó desde el fondo de su estómago hasta apretarle la garganta. Tapándose la boca para contener una arcada involuntaria, dio media vuelta y se marchó a toda prisa.

Ese día terminó vomitando luego de que la comida le supiera desagradable gracias a lo que él le provocaba.

Pero Cristian siempre era así; tenía una capacidad increíble para hacerla sentir miserable, como si se dedicara a hacerle pagar por el simple hecho de haberse enamorado de él.

Nunca estaba conforme.

Siempre se inventaba nuevas formas para pisotear su amor.

Esa tarde condujo sin rumbo fijo, dando vueltas por la ciudad con la vista empañada por las lágrimas.

Finalmente, se detuvo a un costado del camino, en un mirador tranquilo y de fácil acceso. Apagó el motor y se quedó allí, mirando el horizonte a través del parabrisas mientras el dolor le oprimía el pecho.

Quería confrontar a Cristian, exigirle explicaciones y encarar su descaro, pero la realidad era que no tenía fuerzas para hacerlo. No en ese momento. Se sentía demasiado triste y lo único que quería era llorar donde nadie la viera.

Se abrazó a sí misma, apoyando la frente contra el volante mientras ahogaba un sollozo.

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