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El juguete del abogado romance Capítulo 119

Cuando Cristian regresó al departamento esa noche, se encontró con Estefanía esperándolo en la sala.

No era muy temprano ni muy tarde, pero ciertamente se había perdido la cena.

—Regresaste —dijo ella en voz baja, observándolo con esos ojos grandes y expresivos.

Se detuvo por un instante, perdiéndose en medio del bosque que guardaba su mirada.

Los ojos de Estefanía eran de un verde intenso. Serenos. Cautivadores. Llenos de luz.

Sin embargo, esa noche había un brillo cristalino en sus pupilas.

—¿Ocurre algo? —se escuchó a sí mismo formulando aquella pregunta.

Estefanía sonrió con tristeza, mientras sus ojos se desviaban un poco… centrándose en algún punto en la pared.

—De camino a casa... vi algo que me rompió el corazón —murmuró con la voz apagada, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla—. Encontré a un perrito herido a un costado de la carretera. Estaba allí tirado... agonizando, sangrando en silencio.

Fijó sus ojos en él, mientras decía con voz baja y temblorosa, sin poder contener el llanto:

—Me pregunté quién pudo ser tan cruel para hacerle algo así... Cómo alguien puede herir tanto a un ser inocente y luego seguir su camino como si nada.

El delicado cuerpo de Estefanía se sacudió mientras lloraba con desconsuelo, como si aquel animal del que hablaba hubiera sido su mascota de toda la vida y alguien malo la hubiera lastimado.

No pudo evitar acortar la distancia en segundos, sosteniéndola con fuerza entre sus brazos.

Su mujer era tan pequeña y parecía estar sufriendo tanto.

No lo soportaba.

Su corazón sintió una punzada… como si lo hubieran golpeado justo en el centro de su pecho.

—Tranquila, mi amor, ya pasó... —murmuró con toda la ternura de la que era capaz. Sin saber qué más hacer, sin saber cómo detener el dolor que parecía estar sintiendo—. No llores, por favor.

Odiaba que llorara. Y estaba odiando con todas sus fuerzas al culpable de la muerte de ese perro.

—Dime exactamente en qué tramo de la carretera fue —pidió, separándose apenas unos centímetros para encontrarse con esos ojos hermosos que ahora parecían estar ahogados por tantas lágrimas—. Mandaré a revisar las cámaras y me encargaré de hacer que pague el culpable.

Ella se tensó en su agarre.

—Eso no le devolverá la vida al animalito —gimió, apartándose.

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