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El juguete del abogado romance Capítulo 120

Estefanía apretó los ojos con fuerza cuando Cristian se acomodó a su lado en la cama.

Su repentina proximidad le hizo sentir un calor inexplicable.

El hombre la rodeó con un brazo, atrayéndola hacia él, mientras su palma grande y pesada se posicionaba justo encima de su abdomen.

—Vamos. Duerme. No te voy a hacer nada —susurró él cerca de su oído, arrullándola.

Estefanía contuvo el aliento sin responder. Era increíble la capacidad que tenía para darse cuenta de que estaba fingiendo.

—Tu ritmo cardíaco te delata —murmuró él, y entonces sintió la leve presión de las yemas de sus dedos sobre la piel de su vientre trazando círculos lentos—. No te tenses. Solo quiero acariciarte un poco aquí.

«¿Que no se tensara?»

A ella le pareció un poco ridícula su petición.

Sabía bien lo que pasaba cuando Cristian bajaba un poco más esa mano hasta llegar a su zona íntima y provocarla sin remedio. Una vez que cruzara esa línea, ni ella misma podría contenerse y, no, esa noche no quería tener intimidad con él.

Posiblemente nunca más volvería a querer.

El pensamiento le hizo sentir un poco más desdichada.

No era como si el sexo hubiera sido una tortura ni mucho menos, ¿pero además de eso, qué los unía?

Suspiró dentro de sí, entregándose al sueño, mientras la mano del hombre simplemente se había asentado allí, en su vientre.

«Eres un demonio cruel, Cristian. Maldito hombre que me hizo amarlo tanto», fue lo último que pensó antes de que todo se volviera negro en su mente.

[...]

Al día siguiente, en una cafetería ubicada en un rincón poco concurrido de la ciudad, Estefanía avanzó entre las mesas con la mirada baja, sin querer hacer contacto visual con nadie, hasta que llegó junto a la mesa donde un hombre con gorra la esperaba.

—¿Viniste? —preguntó Rodrigo con cierta incredulidad, como si en el fondo hubiera esperado que no lo hiciera.

Estefanía se acomodó en el asiento frente a él y ocultó dentro de su abrigo el temblor involuntario de sus manos.

—Adelante —desafió su miedo, mirándolo directamente con una firmeza que no poseía—. Háblame de ese plan que tienes.

—¿Estás segura? —se burló él, con una sonrisa ladeada—. ¿Qué vas a hacer si tu esposo te descubre?

Su corazón se tensó y sintió que el aire le faltaba.

Aquella posibilidad era algo que no había dejado de atormentarla.

—Dime de qué trata primero —evadió ella, conteniendo el nudo en su garganta.

La expresión de Rodrigo se tornó repentinamente seria, observándola con ojos entrecerrados.

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