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El juguete del abogado romance Capítulo 13

Cristian salió de la habitación después de darle esa orden.

Estefanía miró la cama.

Era enorme, de sábanas impecables.

Se suponía que debía subirse en la misma y esperarlo, pero no se sentía en condiciones para intimar esta noche.

¿Se molestaría si se iba?

Observó hacia la puerta.

Sus pasos vacilantes querían ir en esa dirección.

Desobedecer por una vez.

Se mordió el labio por un segundo, considerándolo, antes de que la puerta se abriera por sí sola.

Allí, frente a sus ojos, estaba él: una presencia oscura que parecía querer robarle toda la luz.

—¿Qué haces allí parada? —frunció el ceño mientras entraba en la recámara sosteniendo una bandeja de plata.

«¿Eso era comida?»

Estefanía ladeó la cabeza sin comprender cómo este hombre se había vuelto un camarero de la nada.

Sabía que Sonya dejaba la cena lista antes de irse todas las noches y que solo hacía falta calentarla, pero nunca había visto a Cristian hacer algo tan mundano.

Se apresuró a acercarse para ayudarlo. Sin embargo, antes de que pudiera tocar la bandeja y quitársela, la severidad en su mirada la frenó.

—Te dije que me esperaras en la cama —sentenció él, deteniendo sus pasos a mitad de la habitación.

—Perdón… —corrió a ocupar el lugar que le indicaba.

Y así, sentada en la orilla de la cama con sus manos sobre el regazo, dejó que el abogado se encargara de servir la comida para ambos.

La cena era ligera: una porción de ensalada césar con finas tiras de pollo a la plancha y un vaso de agua con rodajas de limón.

Comieron en silencio.

Cristian se acomodó en la cabecera, recostando la espalda contra los cojines como un rey que domina su territorio. Ella, en cambio, se mantenía tensa en un rincón, encogida como una plebeya que ha sido admitida a la fuerza en el espacio de su señor.

No podía evitar sentirse fuera de lugar; era como un pececito sacado del agua.

Pinchaba la comida, llevándose porciones minúsculas a la boca, masticando despacio.

De pronto, el ambiente se tornó demasiado pesado.

Los ojos oscuros la miraban con atención, pero no era una mirada de deseo; era algo más calculador, como si evaluara su estado de ánimo para ver si estaba lo suficientemente estable luego de la crisis con su hermano.

No lo estaba, por supuesto.

Sin embargo, ninguna de estas emociones turbulentas estaba a la vista.

Sabía que él no quería ver a una chica temblorosa, llorando; así que se mantenía en blanco, como un espejo empañado que no proyectaba nada propio.

Cristian apartó su plato terminado y clavó los ojos en las escasas porciones que ella había tocado.

—Si ya no quieres más, deja eso ahí y ve a darte un baño —ordenó él, haciendo un gesto con la barbilla hacia la puerta del fondo.

Miró la dirección señalada sintiendo un poco de pánico.

¿No la dejaría salir de esa habitación en toda la noche?

Suspiró.

Al final no era tonta; sabía lo que quería.

Posiblemente, luego de hacerlo, la dejaría marchar.

Trató de mentalizarse de que podía hacer esto rápido y luego irse a su propia recámara para llorar.

Minutos después, salió del baño.

Sus pasos dejaban en el piso un pequeño rastro de agua. Solo llevaba puesta una toalla. Su cuerpo húmedo y recién lavado estaba listo para ser tomado.

Cristian estaba sobre la cama, leyendo concentrado.

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