Estefanía no era capaz de describir las emociones que la embargaban en ese momento.
Asfixia. Desamparo. Un pánico tremendo.
Era como si de la nada hubiera sido lanzada desde la cima de un precipicio: un instante de vértigo justo antes de estrellarse contra el suelo.
El hombre que, hasta ese instante, la tomaba por la nuca, feroz e implacable en su deseo, se separó de ella con hastío.
Ni siquiera había terminado. Parecía demasiado furioso para hacerlo.
Y eso la dejó todavía más temblorosa, incapaz de mirarlo.
Ella estaba en una posición vulnerable, con su corazón latiendo como un animal atrapado en una jaula que sabe que la puerta acaba de cerrarse para siempre.
—¿Qué pasa? ¿Ni siquiera vas a mirarme?
Estefanía se estremeció, acomodándose la ropa con manos temblorosas mientras le daba la espalda.
Lo único que quería hacer era correr. Correr hacia alguna parte. Cualquier lugar era bueno. Cualquier rincón. Cualquier sitio donde no tuviera que enfrentarlo.
Pero estaba paralizada.
Ni siquiera era capaz de huir.
Cristian siguió hablando a sus espaldas, con ese tono áspero y claramente resentido:
—Mi mujer me contó una historia hace días… Estaba sufriendo tanto. ¿Cómo no iba a involucrarme? Pero resulta que todo era una mentira.
Y entonces comprendió cuál fue su error.
Sus palabras, aunque tontas, terminaron dándole una pista.
—Resulta que no solo no me dijiste que habías ido a buscarme a la oficina... sino que pasaste un buen rato estacionada en un mirador. Viendo el paisaje, aparentemente... o ideando encuentros con mis enemigos a mis espaldas.
—Yo... yo no lo busqué —balbuceó ella con la voz entrecortada.
Esa era la verdad. Ella no había planeado verse con Rodrigo.
—Claro, ese día no —remató él—. Pero ¿qué tal al día siguiente? ¿Vas a decirme que tampoco lo estabas buscando?
Estefanía comprendió que para ese momento él ya la estaba siguiendo.
Dos días donde Cristian sabía qué había hecho y con quién había estado.
Pero no explotó.
Tampoco le demostró que ya lo sabía.
Se limitó a esperar pacientemente hasta que ella se equivocara.
Ahora sabía perfectamente que también tenía cámaras ocultas en el despacho.
A sus ojos, ella lo había traicionado. Pero él había hecho exactamente lo mismo con esa mujer.
Por primera vez desde que había sido descubierta, Estefanía se giró con calma, dispuesta a encararlo, aunque su repentina valentía no evitaba que el pánico siguiera devorándola por dentro.
Sus manos, aún temblorosas, se cerraron en puños sobre la tela de su pijama, intentando desesperadamente aferrarse a algo.
Sentía que cada respiración era una batalla: inestable, superficial y traicionera, amenazando con dejarla sin aire.
Aun así, mirándolo a los ojos, se obligó a pronunciar cada palabra con claridad:

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