Ya no había un ser humano frente a ella.
De la nada, era como estar cara a cara con un demonio.
El pecho agitado de Estefanía subía y bajaba de forma caótica.
No era capaz de decir o hacer nada. Solo podía mirarlo. Mirarlo con los ojos muy abiertos y horrorizados.
—¿Y bien? ¿Qué más quieres saber? —demandó él, en un murmullo bajo y gutural que vibró directo en su pecho—. Haz todas tus malditas preguntas ahora, Estefanía. Vamos, habla. Aprovecha que estoy dispuesto a responder.
Ella sacudió la cabeza lentamente, con los ojos llenos de lágrimas.
—Suéltame… —Su voz era demasiado baja e inestable. De pronto se sentía sin fuerzas para esto.
—¿Soltarte? —se burló él—. ¿Para qué? ¿Para que corras a hacer tu maletita e intentes huir de nuevo?
Sus dedos se apretaron un poco más sobre su barbilla sin la menor compasión.
—O mejor aún… —continuó él, inclinándose hasta que su aliento le rozó la cara—, ¿vas a llamar a tu nuevo amigo para correr a sus brazos y entregarle en bandeja de plata lo que me robaste?
—¡No! Yo no voy a llevarle nada... —sollozó ella, con la voz ahogada por las lágrimas.
—¿Y acaso no era esa tu maldita intención? —interrumpió él, implacable—. ¡Adelante! ¡Tómalo y llévaselo! ¡Quiero ver cómo lo haces!
El rugido del hombre hizo que ella sintiera la imperiosa necesidad de esconderse.
Esta era la primera vez que lo veía tan molesto y le daba miedo.
—Por favor, Cristian... Por favor… solo déjame —suplicó con la voz rota.
Cristian la soltó de golpe, apartándose un par de pasos. Frustrado y fuera de sí, se pasó ambas manos por el cabello, alborotándolo mientras intentaba inútilmente reprimir su furia. Luego se giró bruscamente hacia ella, clavándole una mirada cargada de ferocidad.
—No vas a ir a ninguna parte —sentenció con frialdad.
Estefanía sacudió la cabeza, retrocediendo torpemente mientras se abrazaba a sí misma.
—No... esto... yo... no lo soporto —sollozó, con las lágrimas nublándole la vista por completo.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado