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El juguete del abogado romance Capítulo 124

Estefanía solo asintió cerrando los ojos, mientras una nueva lágrima se deslizaba por su mejilla.

Cristian sabía que algo estaba mal, porque ella no parecía dispuesta a sostenerle la mirada ni a hablar demasiado.

Su temor era más que evidente.

Y eso le molestaba.

Le molestaba, pero no por ella, ni con ella. Jamás sería con ella.

—¿Puedo salir un momento y confiar en que vas a esperarme?

Sus hermosos ojos se abrieron de nuevo, observándolo bajo esas pestañas húmedas y lastimeras.

Estefanía asintió despacio.

—Háblame —exigió él ante su silencio.

—Yo… te esperaré —pronunció ella, lentamente, como si midiera cada palabra.

Cristian chasqueó la lengua.

—No lo vas a hacer —dijo, conteniendo la rabia—, pero está bien, Estefanía. Miénteme.

Ella se tensó un poco y volvió a esquivarle la mirada.

Su mujer iba a huir en cuanto él cruzara esa puerta, ¿no era más que obvio?

Suspiró con agotamiento.

Hace un momento había perdido un poco el control, lo admitía. Pero jamás le haría daño.

Cristian se alejó de ella dándole el espacio que parecía anhelar con todas sus fuerzas.

Estefanía se quedó allí, de pie, pegada a la pared, como la viva imagen de un cachorro acorralado.

—¿Qué es lo que quieres de mí, Estefanía? —murmuró él, bajando el tono—. Te estoy dando todo. Mi dinero, mi vida, el maldito amor que tanto querías... Todo lo que soy es tuyo. Si hay algo más que necesites para sentirte segura, solo nómbralo y dime. Lo que sea.

Pero ella solo negó despacio.

Su mano se empuñó sin que pudiera evitarlo.

—Si no hablas, si no lo dices... —continuó con calma—, ¿cómo voy a poder complacerte?

—Lo único que quiero, tú no me lo vas a dar —murmuró ella, bajito.

—¿Qué es?

—El divorcio, Cristian —dijo, mirándolo a los ojos por primera vez en todo este intercambio—. No quiero seguir contigo, lo siento.

Ahora era él quien negaba con la cabeza.

—Eso es imposible, mi amor. Piensa en otra cosa.

—¡No quiero pensar en nada más! —su voz se quebró de nuevo, mientras los sollozos sacudían su pequeño cuerpo—. ¡De verdad no soporto esto! ¡Siento que me voy a volver loca! ¿Es eso lo que quieres, Cristian? ¿Dentro de poco me vas a hacer también un video?

—¡Deja de decir tonterías! —masculló.

—¿Qué diferencia hay? Si lo hiciste con ella, ¿por qué no conmigo?

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