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El juguete del abogado romance Capítulo 125

Cuando Cristian entró en la habitación del hospital, la imagen que lo recibió le hizo sentir una repentina opresión en el pecho.

Estefanía estaba sentada sobre la cama, muy quieta. Tenía la mirada perdida en la nada, sin más lágrimas, pero con los párpados hinchados y enrojecidos.

Parecía una muñeca sin vida. Preciosa. Pero dolorosamente rota.

Al notar su presencia, sus hermosos ojos verdes se giraron hacia él apenas un segundo.

—Yo... no sé cómo pasó... —murmuró con la voz rota y apagada.

Sus palabras débiles e inocentes le provocaron otra punzada en el corazón.

No soportaba verla así.

Acortó la distancia despacio y se sentó en el borde de la cama, tomándole el rostro con infinita delicadeza para besar su frente de forma prolongada, respirando su aroma.

—Eso no importa, mi amor —susurró contra su piel—. Ahora vamos a tener un bebé... ¿No te gusta la idea?

La mirada de Estefanía volvió a perderse en el vacío, como si flotara en una neblina. Llevó una mano temblorosa hacia su abdomen y comenzó a acariciar su vientre con cuidado, casi temerosa.

—Sí... es nuestro hijo —susurró, con un tono melancólico.

—Eso es... —respondió él en un murmullo, acariciándole el cabello con profunda ternura—. No tienes que preocuparte por nada. Yo me ocuparé de todo.

Ella solo volvió a asentir despacio, aunque parecía no poder asimilarlo todavía.

Esa noche tenía que quedarse en observación, así que cuando su mujer se durmió una hora después, Sonya lo reemplazó.

—No se preocupe, señor. Yo me ocuparé de cuidar a la señora. Se queda en las mejores manos, descuide.

Cristian acomodó la sábana sobre los hombros de su esposa antes de ponerse de pie.

—Cualquier anomalía o el mínimo cambio que notes, me llamas de inmediato. No tardaré.

Al traspasar la puerta de la habitación, los dos escoltas de su seguridad privada que había mandado a llamar custodiaban la puerta. Ambos asintieron al verlo, asegurando el perímetro sin decir una sola palabra.

Él no quería separarse de su mujer, pero había cosas que no podían esperar.

Justo en ese instante su teléfono vibró con una llamada que había estado esperando.

—Dime.

—Señor, la persona que mandó a localizar ya está bajo nuestra custodia —informó la voz al otro lado de la línea—. Esperamos sus órdenes.

—Voy para allá.

Como abogado, conocía el peso exacto de la ley, pero también sabía cuándo operar al margen de ella.

Su auto se detuvo en una estructura abandonada a las afueras de la ciudad.

En el centro del lugar, en una silla de madera, se encontraba su viejo amigo.

«¿Amigo?», pensó de pronto. Vaya palabra más ridícula.

Al verlo, Rodrigo esbozó una sonrisa torcida y retadora.

—Ya decía yo que esa perra no podría…

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