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El juguete del abogado romance Capítulo 127

Estefanía estaba sentada en la mesa del comedor, tomando pequeños sorbos de una sopa de verduras que Sonya le había preparado.

Cristian solo la había acompañado hasta dejarla instalada. Después de asegurarse personalmente de que no saldría ese día y estaría tranquila en casa, se había marchado a resolver algunos asuntos urgentes. Para ser sincera consigo misma, la ausencia de su esposo le daba un poco de respiro.

Su mente era un campo de batalla constante. Llena de pensamientos, dudas y temores. Solo estando sola podía sentir que respiraba.

—Pruebe un poco más de este caldo, señora —insistió Sonya, acercándole el plato un poco más mientras acomodaba la servilleta a un costado—. Lleva espinacas y zanahorias frescas. El doctor dijo que el hierro es fundamental para el bebé en estas primeras semanas.

Estefanía suspiró para sus adentros, sosteniendo la cuchara a mitad de camino.

Llevaba menos de un día sabiendo que estaba embarazada y la sobreprotección de todos comenzaba a resultar abrumadora.

Una sonrisa diminuta se instaló en sus labios al pensar en su pequeño bebé.

El doctor le había explicado esa misma mañana que, con tan pocas semanas de gestación, su hijo tenía apenas el tamaño de una semilla de sésamo; diminuto, tan solo un puntito de vida.

Llevó instintivamente una mano a su vientre, masajeándolo en silencio, sintiendo esa humedad conocida apoderarse de sus ojos.

—El señor está muy feliz…

De repente, las palabras de Sonya le hicieron alzar la vista hacia la mujer que permanecía a su lado, como si hubiera sido traída de golpe a la realidad.

Estefanía apretó la cuchara entre sus dedos, mientras preguntaba, no muy convencida:

—¿Tú crees?

—Por supuesto, mi niña —respondió Sonya como si fuera lo más obvio del mundo—. Quizás usted no se dio cuenta por lo abrumada que estaba, pero sus ojos se suavizaban cada vez que la miraba. Debería ver la lista de órdenes que me dejó antes de irse; sin duda fue larguísima. Cambio de menú, horarios estrictos de descanso, supervisión constante... todo para que usted esté cómoda. Si eso no es estar feliz, la verdad no sé qué sea.

—A Cristian le gusta tener todo bajo control, Sonya —murmuró, dejando escapar un suspiro al pensar en la difícil forma de ser de ese hombre—. Siempre le ha gustado que las cosas se hagan exactamente a su manera.

—Puede que sea así —la empleada no pudo contradecir aquella verdad—. Pero él está contento. He trabajado a su lado lo suficiente como para saberlo, señora.

Estefanía asintió, dándole por fin la razón.

Después de todo, no podía olvidar su confesión.

Aquellas palabras todavía resonaban en su mente, haciendo agitar su inestable corazón.

—Así parece —murmuró, perdida en sus pensamientos.

En el pasado, Cristian se había negado tanto a la posibilidad de tener un hijo juntos que tal vez, si ella se hubiera enterado en otras circunstancias, se lo hubiera ocultado, temiendo que él le pidiera abortar.

Pero ahora las cosas eran tan distintas… y no sabía exactamente si aquello era bueno o malo.

No podía evitar sentir miedo.

Estefanía se estremeció al recordar aquella grabación. La mirada desquiciada de Graciela, la muñeca que sostenía como si fuera su hija… no era ni la sombra de la mujer altiva que había asegurado que el amor de Cristian le pertenecía.

¿Qué tanto era capaz de hacer su esposo?

¿Qué final tenía planificado para esa mujer?

No pudo evitar sentir inquietud.

No quería que él hiciera algo terrible. No quería…

—Señora, ¿se siente bien?

—Voy a recostarme un rato, Sonya. Gracias por la sopa —le sonrió—, pero no tengo más apetito. Disculpa.

—No tiene que disculparse por nada, mi niña —respondió Sonya, retirando el plato casi lleno—. Vaya a descansar, que es lo que más necesita ahora. Si se le antoja algo específico para la cena, solo dígamelo y se lo preparo con gusto.

—Gracias, Sonya. De verdad.

Estefanía se puso de pie despacio y caminó hacia la habitación principal, recostándose en la cama.

Cuando su esposo llegó esa noche, ella estaba de pie en el balcón, con la mirada perdida en aquella ciudad iluminada.

Veía los autos pasar, las personas caminar… la vida de otros en curso, mientras sentía que la suya era tan incierta.

De repente, una manta cayó sobre sus hombros, tomándola por sorpresa.

—Hace frío —susurró Cristian cerca de su oído—. ¿Por qué no entras?

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