Graciela estaba dando vueltas en la habitación con una muñeca en brazos. La mecía suavemente, arrullandola como si se tratara de su propia hija.
Cuando la puerta del departamento se abrió esa mañana, ella alzó la cabeza bruscamente con los ojos iluminados.
Una sonrisa se apoderó de su rostro cansado y ojeroso, antes de susurrar con dulzura:
—Papá, llegó, mi amor. Míralo. ¡Es papá!
El hombre de pie bajo el umbral esbozó una mueca de puro desdén, mientras observaba a la mujer acercarse con desbordada devoción.
—Pasa y siéntate, Cristian. Te prepararé algo para desayunar.
Su tono de voz, su postura, todo denotaba que era la viva imagen de una esposa recibiendo a su marido.
Cristian se limitó a decir:
—¿Estás cuidando bien de mi hija?
Sus palabras contenían una acusación que hizo que Graciela sintiera la necesidad de demostrar que estaba cumpliendo bien con su trabajo.
—¡Sí! Sí, mi amor, la estoy cuidando muy bien —se apresuró a decir ella, atolondrada. Se pegó la muñeca al pecho con desesperación, acomodándole la cobijita—. No le ha faltado nada. Le di su leche a tiempo, le canté muy bajito para que durmiera y le puse su ropita limpia para recibirte. Mira cómo te mira, Cristian... es idéntica a ti.
Una sombra macabra cruzó por los ojos del hombre. Dando dos pasos lentos hacia ella, extendió la mano y, con dos dedos, le dio un golpecito al rostro de la muñeca.
—Es idéntica a mí —repitió, disfrutando del modo en que ella temblaba—. Qué buena madre resultaste ser, Graciela. Tan dedicada... tan perfectamente obediente.
Sin esperar respuesta, le dio la espalda y caminó hacia el centro de la sala. Se dejó caer en el sofá, estiró las piernas cuan largo era y cruzó los tobillos sobre la mesa de centro, apoderándose del espacio como un rey en su trono.
Apoyó la cabeza en el respaldo y clavó una mirada vacía en la mujer que tenía al frente.
—Si eres tan buena madre, demuéstramelo —murmuró Cristian con una calma perversa, señalando el suelo a sus pies—. Arrodíllate, Graciela. Arrúllala ahí abajo, donde no estorbes.
Graciela, lejos de escandalizarse, obedeció al instante. Cayó sobre sus rodillas frente a él, acunando a la muñeca, meciéndola de un lado a otro mientras le susurraba canciones de cuna entre sollozos.
—Eso es... qué obediente —se burló él, observándola desde la altura del sofá como si fuera una mascota patética intentando complacer a su amo—. Continúa. Cuéntame cómo vas a criarla.
—Le... le enseñaré a caminar, Cristian —balbuceó ella, alzando los ojos hacia él, buscando desesperadamente su aprobación—. Le compraré los vestidos más hermosos, seremos la familia perfecta... tú, yo y nuestra pequeña…
La escena, que al principio parecía entretenerlo, comenzó a provocarle asco.
Cristian se puso de pie con brusquedad, le arrebató la muñeca de los brazos mandándola a volar al otro extremo de la sala.
—¡No! ¡La niña! —chilló Graciela, intentando gatear hacia el juguete.
Cristian la sujetó con fuerza de la barbilla, enterrándole los dedos y obligándola a erguirse para que lo mirara a los ojos.
—En exactamente cinco minutos van a cruzar por esa puerta unas personas que te llevarán a un psiquiátrico —le dijo con voz helada—. Y de ahí no vas a salir jamás.

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