Primero Estefanía no había querido acostarse en esa cama.
Ahora no quería levantarse.
Por primera vez en mucho tiempo había tenido un sueño tranquilo.
Ni un solo despertar en medio de la noche.
Ni una sola pesadilla.
Ni una sola lágrima derramada por la discusión con su hermano.
¿Qué tenía esa cama o qué tenía el aroma de Cristian que la tranquilizaba tanto?
Quizás era la seguridad que desprendía.
La firmeza que demostraba en cada paso.
¿Un hombre como él le temería a algo?
Estaba segura de que no.
Se levantó.
Minutos después estaba lista para empezar el día.
Había optado por usar uno de los trajes de oficina que le había comprado Cristian.
No sabía si quería que lo acompañara ese día, pero prefería estar lista por si acaso.
Cuando llegó al comedor, él ya estaba sentado a la cabecera de la mesa.
No pudo evitar detenerse por un segundo en el umbral para apreciarlo como la tonta que era.
Como de costumbre, el hombre revisaba su tableta electrónica, concentrado, mientras le daba de vez en cuando un sorbo a su café. El gesto poseía una elegancia innata. Como si hubiera sido criado en medio de etiquetas y privilegios desde la niñez.
Un ceño casi imperceptible se marcaba en su frente mientras leía. Su cabello era tan oscuro como la noche y estaba peinado perfectamente hacia atrás, contrastando con las líneas marcadas de su rostro y con esa mandíbula fuerte, sombreada por una barba corta y prolija.
Había una dominancia abrumadora en su mirada y en la concentración de sus cejas pobladas, el tipo de atractivo peligroso que no solo intimidaba, sino que atrapaba.
Estefanía sintió un vuelco en el estómago al darse cuenta de lo que estaba pensando.
La belleza de Cristian era fría, masculina y letal, tan letal que empezaba a calar hondo en ella, transformando el temor de los últimos días en una fascinación de la que ya no podía escapar.
De repente se vio atrapada en esos ojos.
El hombre ya no estaba leyendo, ahora la miraba directamente.
Su corazón, de por sí inquieto, comenzó a latir más deprisa, como un caballo desbocado que presiente la tormenta.
—¿Ya terminaste de examinarme? —preguntó él, arqueando una ceja con ese tono suyo pausado e implacable.
—Oh, no… yo recién llegué… —respondió ella con torpeza, sintiendo que las mejillas le ardían mientras caminaba apurada hacia la mesa.
Cristian ni siquiera se molestó en replicar.
Simplemente bajó la mirada, volviendo a concentrarse en su tableta e ignorándola por completo.
Estefanía tomó asiento en silencio, pero estaba visiblemente nerviosa. Empezando por el hecho de que estaban solos en el comedor.
—¿Dónde está Sonya? —preguntó para romper el hielo.
—Tenía cosas que hacer, así que ya se fue —contestó él, con poco interés, sin apartar los ojos de la pantalla.

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