Esa noche, Cristian se acercó a Estefanía, acarició su mejilla y le susurró con suavidad, un tono bajo y dulce, que ella casi no le escuchaba y con el que no pudo evitar envolverse.
—Ya hablé con mi gente. Quédate tranquila, mi amor. El chico está bien.
Ella dejó escapar un suspiro de alivio, aunque sin soltar el teléfono.
—¿Dónde está? ¿Por qué no me llamó?
—Se quedó sin batería —dijo Cristian, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja—. Está en casa de un compañero.
—¿Por qué no pidió un teléfono prestado entonces? —soltó molesta y confundida por las acciones de Javier—. Es un irresponsable... Sabía que yo me iba a preocupar.
—No le des más vueltas. Mañana lo regañas todo lo que quieras, pero hoy descansa.
Cristian la llevó hacia la recámara y la acomodó en la cama con cuidado.
—¿No vas a dormir? —le preguntó ella al ver que él no se acostaba a su lado.
—Tengo unos documentos que revisar. Descansa primero.
—No tardes —respondió ella con un bostezo.
En definitiva, no tardó demasiado en dormirse.
Cristian salió del departamento después de eso.
A un par de calles de ahí, Javier permanecía encerrado en un sótano.
El chico, prácticamente desnudo, sentado en una silla de madera y tiritando, tenía la mirada perdida en el suelo cuando la puerta de la habitación se abrió para darle paso a alguien.
Al alzar la vista, se encontró con los ojos helados de su cuñado.
—Mírate nada más... —soltó Cristian, observándolo con claro deleite—. ¿Te gusta el lugar, Javier? ¿Quieres que sea tu nueva habitación? Porque puedo hacerlo realidad.
—¿Entonces tu plan es matarme por hipotermia? —levantó la barbilla lentamente, castañeteando los dientes—. Ni un solo rasguño para que Estefanía no sospeche. Qué ingenioso eres.
—Exacto. Qué bueno que lo entiendas tan rápido.
—Suerte con eso —escupió con desprecio, apretando los puños, a un punto en que sentía que podía hacerse sangre con las uñas.
—En definitiva, tienes mucha suerte, porque no voy a matarte.
—¿Entonces? ¿Cuál es tu brillante plan? —lo miró con escepticismo. Ya sabía que el agua y el encierro eran solo el comienzo de algo más.
—Asegurarme de que el estorbo que vive en mi casa tenga futuro. Te vas en dos días. Tiempo suficiente para que tu hermana lo asimile y te despida.
«¿Irse? Ni loco», pensó Javier con burla.
—¿Ah, sí? ¿Y a dónde?

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