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El juguete del abogado romance Capítulo 135

Para Estefanía, dos días no eran tiempo suficiente.

Su hermanito siempre había estado bajo su techo y ahora simplemente ya no estaría, ¿debería entender esto en tan solo cuarenta y ocho horas? No lo creía posible.

El insomnio la asaltó y dio muchas vueltas sobre la cama sin poder dormir. La madrugada antes del gran día se levantó, silenciosa, tratando de no despertar al hombre que dormía a su lado.

Estefanía salió de la habitación a hurtadillas, abriendo con cuidado la puerta de la recámara de Javier, encontrándose entonces con el chico profundamente dormido en la cama. Pero no fue eso lo que arrugó su corazón de pollo, sino la maleta preparada que se encontraba sobre uno de los muebles.

Ella lo había visto empacando con lágrimas en los ojos y ahora esas mismas lágrimas regresaban de nuevo.

Se sentó en la orilla de la cama procurando no despertarlo, pero sin poder contenerse, alzó dos dedos y acarició su mejilla.

Se suponía que Javier solo iría a estudiar, que él mismo había tomado la decisión de marcharse, pero ella sentía un dolor indescriptible en su corazón.

No le gustaban las despedidas.

Menos con él.

No con Javier.

Tan absorta estaba en su tristeza que no notó al hombre que acababa de colarse en la habitación; cuando se dio cuenta, sintió un par de manos, fuertes y masculinas, que la levantaban suavemente.

Estefanía se sobresaltó, pero rápidamente se percató de que se trataba de su esposo.

Los ojos de Cristian en la penumbra eran profundos y compasivos, como quien observa a una criatura frágil a la que debe proteger de su propio dolor.

Ella era esa criatura y, efectivamente, aquel momento la hacía sentir demasiado frágil.

—¿Pensaste que no me daría cuenta de que no estabas a mi lado? —susurró—. ¿Qué haces despierta a esta hora?

Estefanía se acurrucó entre sus brazos y solo pudo murmurar:

—Estoy triste…

El hombre la apretó un poco más contra sí mientras la sacaba de aquel lugar, con pasos firmes, como si alejarla de la habitación de Javier pudiera arrebatarle aquel desconsolado sentimiento.

—Una semana —le dijo, guiándola por el pasillo—. En cuanto se instale, te acompañaré para que lo visites. Podrás ir todas las semanas si quieres... pero ya, deja de llorar.

Su intento de consolarla era un poco torpe, quizás exagerado —viajar cada semana no sonaba tan fácil—, pero le provocó un calorcito inevitable en el pecho.

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