—Señora Sterling, por favor, acomódese en la camilla.
Estefanía obedeció, sintiendo la necesidad de hacer un par de preguntas antes de que comenzara el examen.
Aquella era su primera consulta ginecológica.
Se suponía que el padre del niño debería estar acompañándola, pero dados los eventos del día anterior, ella no tenía idea sobre su paradero y su orgullo le impedía ser quien escribiera primero.
Él la había tratado mal. Él tenía que disculparse.
Estefanía refunfuñó dentro de sí, antes de mirar al doctor y preguntar:
—Doctor, sé que es normal que quizás un método anticonceptivo falle, pero... fui muy estricta con las fechas de la inyección. No me salté ninguna aplicación. Así que no lo entiendo…
—Ningún método anticonceptivo es cien por ciento infalible; la medicina no es una ciencia exacta. El cuerpo femenino a veces reacciona de formas imprevistas a los cambios hormonales o al estrés, permitiendo la ovulación aun con el tratamiento al día —explicó el doctor, enfocado en acomodar la pantalla de la máquina para la ecografía—. Es un porcentaje muy bajo, pero totalmente dentro de lo esperado.
—Oh, ya veo… —suspiró ella, acariciándose el vientre con ternura.
Su bebé en definitiva estaba destinado a venir a este mundo.
—¿Quiere esperar a su esposo?
Ella negó con la cabeza, luchando contra la decepción.
Dudaba que Cristian se acordara de la cita, aunque había sido él mismo quien la había mandado a agendar.
—Comencemos.
En el momento en que Estefanía dejó caer esas palabras, la puerta del consultorio se abrió.
Sus ojos se encontraron con los de Cristian y entonces su pecho saltó sin poder evitarlo. No sabía si era alegría o simplemente sorpresa… pero su corazón no dejaba de latir con más fuerza.
—Lamento la demora.
Y entonces el hombre se apoderó del espacio como si le perteneciera, parándose junto a ella.
Estefanía lo miró de reojo con muchas preguntas en la punta de la lengua.
¿Dónde estabas?
¿Por qué no me has pedido perdón todavía?
¿Qué estabas haciendo?
Pero no soltó una sola palabra.
En cambio, él se limitó a tomar su mano y apretarla suavemente, como si ese simple gesto fuera su forma de pedir disculpas. Pero ella no iba a aceptarlas.
Estefanía dejó de concentrarse en el hombre y se enfocó en lo importante: el gel que era aplicado sobre su vientre, el transductor en medio de aquella búsqueda… la realidad de que una vida crecía en su interior.
—Mire aquí, señora Sterling —el médico rompió el silencio, mientras giraba levemente el monitor—. Justo aquí.
Estefanía solo pudo ver sombras y un pequeño puntito.
—Como pueden ver, estamos ante una gestación muy temprana, de aproximadamente unas cinco semanas. En este momento apenas mide unos pocos milímetros. Es extremadamente pequeño, pero la implantación es firme y la vesícula vitelina se observa perfecta.
«Cinco semanas», pensó, tratando de hacer un recuento del momento exacto en el que lo habían concebido.
Estefanía se mordió el labio inferior, dándose cuenta de que eso era imposible. Con tanto sexo, ¿cómo iba a saber?
El médico la sacó de sus pensamientos, señalando la pantalla con la punta de un bolígrafo, mientras continuaba:
—Para las cinco semanas todo marcha exactamente según lo esperado. Todavía no podemos escuchar el latido con claridad porque el sistema cardiovascular apenas se está formando, pero la estructura está impecable.
—¿Qué cuidados necesita a partir de ahora para que no haya complicaciones? —preguntó Cristian con los ojos fijos en el doctor.
Ya habían recibido recomendaciones iniciales cuando estuvo recluida en urgencias. Pero lo mejor era escuchar esta información directamente de un médico especialista.
Cristian y el doctor comenzaron a hablar al respecto, mientras ella observaba con una sonrisa el puntito en la pantalla.
Cuando la consulta finalizó, su esposo la ayudó a bajar de la camilla y la guió fuera del consultorio.
El hombre se detuvo a mitad del pasillo, haciéndola girar en su dirección.
Ella no dijo nada y solo dejó que él sostuviera su rostro entre sus grandes manos, mientras besaba su frente y susurraba una sola palabra:
—Perdón.

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