—¡No! ¡No! ¡No!
Las manos de Estefanía temblaban mientras daba un paso atrás, negando insistentemente con la cabeza.
—No… —volvió a decir con menor fuerza.
Su voz era simplemente el lamento de una persona que era incapaz de aceptar semejante realidad.
Javier le había escrito la noche anterior.
Él había viajado al extranjero a estudiar.
Él estaba estudiando.
Su hermano estaba estudiando.
Estefanía sacó su teléfono, luchando con el temblor insistente de su cuerpo y con su visión empañada por las lágrimas, para marcar el número del muchacho. Necesitaba escuchar su voz, que le dijera que esta gente se había equivocado. Que hablaban de otro chico. No de él. No de su hermanito. ¡¿Cómo iba a ser su hermanito?!
Un sollozo desgarrador salió de lo más profundo de su garganta cuando, al primer tono de la llamada, escuchó sonar el timbre de un teléfono.
Estefanía giró lentamente y encontró a Cristian a solo dos pasos, sosteniendo un celular.
Era él.
Él se había hecho pasar por Javier. Le mintió todo el tiempo.
Sus manos perdieron fuerza y el aparato, que había sido su última esperanza de que esto no fuera real, cayó hecho añicos en el suelo.
Un segundo después… ella se desplomó también.
Solo alcanzó a escuchar el grito de un hombre. Su nombre siendo pronunciado con desesperación.
—¡Estefanía!
Cristian vio en cámara lenta cómo el cuerpo de Estefanía, delicado como una figura de cristal a punto de romperse, se desmoronaba frente a sus ojos.
No lo pensó dos veces: se arrojó hacia adelante y la atrapó en el aire justo antes de que tocara el suelo.
Cristian cayó sobre sus rodillas, apretándola contra su pecho, mientras se maldecía internamente por haber sido un incompetente.
Había fallado y eso era algo que no podía perdonarse.
Por primera vez todo se le había ido de las manos.
—Estefanía, mírame... Por favor, abre los ojos —susurró, apartándole algunos mechones de la cara.
La piel de su esposa estaba pálida, y un dolor agudo cruzó las facciones de él, cortándole la respiración.
Se levantó con ella en brazos y, con la voz cargada de rabia, rugió a los hombres —esos malditos e imprudentes imbéciles que habían arruinado todo— que los llevaran al hospital de inmediato.
Nadie se movió tan rápido como él hubiera querido.

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