—Javier está en la sala de operaciones en este preciso momento —dijo Cristian, bajando el tono a lo más suave posible—. Recibió dos disparos, uno en el hombro y otro en el costado. La cirugía es delicada, pero no hay riesgo vital, Estefanía. Sigue vivo.
—Mentiroso... ¡No te creo nada! ¡Me mentiste todo este tiempo! —explotó, recordando el teléfono, la llamada al número falso y todas las mentiras que seguramente le había dicho.
Las lágrimas empaparon el rostro de Estefanía, mientras buscaba desesperadamente cualquier rastro de mentira en su mirada.
No soportaría enterarse de que esto no era más que otro engaño, una esperanza falsa, como las que solía darle Cristian.
—No te miento, te lo juro por mi vida —murmuró, dando un paso cauteloso en su dirección—. Te prometo que él está bien. En cuanto te calmes y los médicos te revisen, yo mismo te llevaré a su lado para que lo veas con tus propios ojos.
—Aléjate... —susurró ella, apretando la espalda contra el marco de la ventana—. No des un paso más. No me toques.
—Está bien, no me acerco —asintió Cristian de inmediato, deteniéndose—. Pero por favor... Deja que te sigan suministrando el medicamento. Piensa en el bebé, Estefanía... Nuestro hijo también te necesita entera.
—Entonces déjame sola —exigió, clavándole una mirada llena de repulsión—. Si quieres que el niño esté bien, sal de aquí.
La expresión del hombre mostró un poco de asombro, pero luego asintió, dando un paso atrás sin dejar de observarla de aquella forma que le hacía sentir más dolor.
—Me voy.
Estefanía lo vio cerrar la puerta, mientras se giraba hacia la enfermera con una mirada feroz:
—Solo yo decido sobre mi cuerpo —exigió—. Él no tiene derecho a autorizar nada. Tráigame un documento de representación, una exención de responsabilidad, lo que sea necesario... Pero quiero firmar que Cristian Sterling no puede tomar una sola decisión médica sobre mí ni sobre mi hijo. Mucho menos sedarme o mantenerme maniatada, ¿me escuchó?
—Señora Sterling, por favor, tranquilícese... Traeré al médico de guardia para redactar la revocación de consentimiento —respondió la mujer, tragando saliva—. Pero necesita recostarse.
—¡No voy a permitir que me hagan nada hasta que no firme el bendito papel! —insistió con firmeza.
Sabía cómo funcionaban las cosas: legalmente, al ser su esposo, Cristian tenía toda la potestad de asumir sus decisiones médicas en el instante en que la declararan incapacitada. Temía que usara eso para ordenar que le suministraran un sedante y mantenerla anestesiada justo cuando Javier más la necesitaba, ocultándole la verdad sobre su hermano hasta que a él le resultara conveniente... o peor, cualquier otra manipulación que esa mente fría y calculadora fuera capaz de maquinar. No pensaba darle ese poder.
La enfermera, como si hubiera comprendido por fin que hablaba completamente en serio, se apresuró a salir para buscar al médico.
No pasaron ni diez minutos cuando la puerta volvió a abrirse y el doctor entró acompañado por la enfermera.
—Señora Sterling, soy el médico de guardia —dijo, aproximándose con cautela—. La enfermera me explicó su exigencia. He preparado un formulario de revocación expresa de representación conyugal y una directiva médica anticipada. Al firmarlo, usted retira cualquier potestad legal a su esposo y designa que solo usted —o, en su defecto, una autoridad judicial competente— puede autorizar o rechazar tratamientos, sedantes o intervenciones.
Ella mantuvo el rostro inexpresivo, mientras el hombre le entregaba un bolígrafo.
—¿Está completamente consciente y segura de que esta es su voluntad?

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