—¡Javier! —exclamó Estefanía, inclinándose de golpe sobre la cama.
El chico entrecerró los ojos apenas, todavía desorientado por la anestesia.
Estefanía nunca había detallado con tanta atención el color en los ojos de su hermano.
Eran de un verde profundo. Hermosos y encantadores.
Pensar que esos ojos pudieron nunca más volver a abrirse la llenó de agonía al instante.
—Ya pasó. Estás bien. Vas a recuperarte —dijo con la emoción a flor de piel, abrazándolo.
Javier emitió un leve murmullo de queja y entonces ella se separó, dándose cuenta de que lo estaba lastimando sin querer.
—Perdón. Perdón —se disculpó, notando la venda que rodeaba el costado de su cuerpo y que estaba ligeramente manchada de sangre—. Llamaré al médico de inmediato. No te muevas.
Javier no dijo nada en todo ese intercambio. Guardó silencio con la mirada un poco perdida, quizás todavía luchando con la inconsciencia o con los recuerdos del día anterior. No lo sabía.
Minutos después, el doctor confirmó que no había nada de qué preocuparse.
—Está completamente fuera de peligro, señora Sterling —explicó—. Tuvieron muchísima suerte. Aunque recibió dos impactos de bala, tanto el disparo del hombro como el del costado fueron superficiales. Logramos extraer los proyectiles sin que causaran daños en órganos vitales o estructuras óseas comprometidas. Su recuperación ahora depende exclusivamente del descanso.
—Gracias, doctor.
Estefanía volvió a tomar entre las suyas la mano de su hermanito, pero Javier no la miró directamente. Apartó la cara, con la vista fija en la ventana.

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