—Javier… —gimió Estefanía, sintiendo un dolor agudo en su corazón.
Una ráfaga de imágenes pasó por su cabeza en ese instante.
Las promesas que se hizo mientras apretaba a un pequeño Javier contra su pecho. La culpa por la muerte de sus padres que nunca pudo superar.
Su hermano ahora mirándola con tanta crueldad, mientras le decía esas palabras, una a una, sin piedad.
¿En qué se había equivocado? Solo había querido hacerlo feliz, que tuviera un buen futuro.
—No soy tu hijo —repitió Javier, lanzando una mirada directa a su vientre—. Ese bebé que estás esperando, sí. Piensa en él.
Ella sacudió la cabeza de nuevo, como si soltarlo fuera algo que nunca hubiera contemplado. No en esta vida.
¿Qué le estaba pidiendo exactamente?
¿Que lo dejara perderse en el mal camino?
¿Que permitiera que se hundiera como si verdaderamente no tuviera a nadie más en el mundo?
Ambos eran huérfanos. Pero él la tenía a ella. A una hermana que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por su bienestar.
Porque lo amaba. Porque siempre lo amaría sin importar sus errores. Porque siempre sería su pequeño hermanito. Ese al que abrazó en medio de la desgracia y al que volvería a abrazar sin importar el problema, porque solo quería protegerlo.
—Javier… no me pidas eso.
—¿Que no te pida qué? —soltó él con impaciencia—. Ni siquiera me has preguntado por qué hice lo que hice. Para ti eso no existe. Prefieres mentirte para no asumir la realidad. Pero no, Estefanía, escucha. Lo hice. Lo hice porque quería dinero. Me gusta el dinero. ¿Qué puedo hacer? Por las noches, cuando no regresaba, solía ir al casino; no estaba estudiando como creías. Hacía apuestas; a veces ganaba algo, pero la mayoría de las veces perdía. Luego iba de fiesta. Consumía cocaína y terminé vendiéndola también. Pude haber hecho cosas peores y tú no lo verías.
Las lágrimas corrían por el rostro de Estefanía mientras negaba insistentemente con la cabeza.
—Perdón por decepcionarte y no ser el hermano que mereces —suspiró él, desviando la mirada—. Merecías a un hermano mejor que yo. De eso no hay duda.
Conteniendo las lágrimas, ella se obligó a decir:
—Sigues siendo mi hermano, Javier. No creas que te declararé una causa perdida solo porque estás siendo especialmente hiriente. Es mi culpa, he sido ciega… muy ciega —sollozó, limpiándose las lágrimas con torpeza—. Pero hasta que no tengas dieciocho años sigues siendo mi responsabilidad y haré mi último intento por salvarte. Ódiame o acéptalo. Lo haré igual.
—¿Hacer qué? —preguntó con aparente aburrimiento.
—Voy a mandarte a la academia militar —decidió ella.
Javier no protestó ni se rehusó; solo la miró de reojo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado