—Sí, es demasiado para mí —concordó Estefanía, harta de tantos engaños y juegos mentales a los que la había sometido desde el inicio de este matrimonio—. Todo esto ha sido demasiado.
El hombre parecía saber muy bien lo que diría a continuación y mantuvo el rostro ilegible. Tan sereno y calmado, como si hubiera previsto incluso el peor escenario y lo tuviera fríamente calculado en su mente.
En medio de aquel jardín poco transitado, Estefanía soltó las palabras, una a una, imitando su tranquilidad, aunque sin conseguirlo del todo:
—Nos casamos rápido y de la misma forma espero que nos podamos separar —lo miró a los ojos, detallando cómo la brisa de la mañana le movía algunos mechones negros, pero nada más. Ni siquiera hubo un parpadeo—. Mañana mismo me gustaría firmar el acuerdo de divorcio. No te pediré nada que no me corresponda. Solo quiero que me dejes ir en paz.
—No necesitamos esperar a mañana. Si eso es lo que quieres, puedo hacer que traigan los documentos ahora mismo.
Su repentina disposición la dejó verdaderamente desconcertada. Estefanía no se esperaba esto. No de un hombre que parecía ser capaz de cualquier cosa para retenerla.
Lo miró con sospecha, mientras analizaba el tono de sus palabras.
Ni molestia. Ni sorpresa. Ni arrepentimiento.
Su voz no revelaba nada.
—Haré que redacten el acuerdo de inmediato —continuó, manteniendo los ojos fijos en los de ella. Tan marrones y profundos como siempre, misteriosos—. En un par de horas tendrás los papeles listos para firmar.
Estefanía asintió despacio, todavía sin poder creérselo.
Cristian le dedicó una última mirada enigmática antes de dar la vuelta.
La espalda del hombre desapareció al poco tiempo y ella se dejó caer en el banco, mientras se preguntaba:
¿Sería posible que ya se hubiera aburrido de ella?
Sacudió la cabeza, decidiendo que no quería pensar en eso. No ahora que finalmente podría ser libre.
Al poco tiempo, Estefanía regresó al interior del hospital y, luego de pasar por la habitación de Javier nuevamente, se marchó con rumbo al departamento.
Al llegar, se encontró con Sonya haciendo las maletas. Sus maletas.
—Señora…
La mujer le dedicó una mirada de disculpa, mientras guardaba sus prendas.
Era evidente quién le había dado aquella orden.
Estefanía dio un vistazo rápido a la primera maleta ya lista y dijo con seguridad:
—Con esto es suficiente. Deja el resto aquí. No lo necesito.
Al darse cuenta de que Cristian la estaba echando, quiso recuperar un poco de su dignidad, dejando allí el resto de sus pertenencias.
No esperaba que él tomara esta actitud. Pero, aparentemente, así eran ahora las cosas.
—¿Está segura de que no quiere llevarse esto también? —preguntó Sonya, apresurándose a guardar todo—. Son sus vestidos de noche…
—A donde voy no los necesitaré —sonrió—. Quédatelos, Sonya. Regálaselos a tu hija o véndelos. Como prefieras.
—Señora, pero son suyos…

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