Estefanía detuvo el auto en la entrada de la casa de sus padres y se quedó un momento con las manos sobre el volante, respirando el aire fresco del lugar.
A lo lejos, amortiguadas por la brisa, se escuchaban las risas de los niños jugando en el parque a un par de cuadras.
Aquel ambiente humilde y hogareño llenó su corazón de calidez.
Quizás seguía atrapada en los recuerdos de la niña que un día fue…
Mientras bajaba la maleta, no pudo evitar recordar las palabras de Javier:
«La casita feliz, el cuento de hadas que no existe... No, nada de lo que intentes hacer conmigo los va a traer de vuelta, Estefanía. Están muertos. No van a regresar».
Sus ojos se humedecieron al instante, pero se los limpió rápidamente, dibujando una sonrisa que no llegó a sus ojos mientras apresuraba el paso hacia el interior de la casa.
Los arreglos que había mandado a realizar habían quedado ejecutados tal cual los quería.
El lugar conservaba, en esencia, su antigua apariencia con algunas mejoras estéticas.
Lo mejor de todo era el jardín y el enorme árbol bajo el cual había mandado a instalar una amplia mecedora de madera suspendida con gruesas cadenas, repleta de cojines y una manta ligera.
Se sentó por un momento y, en medio de su soledad, se dio cuenta de que la libertad a veces podía sentirse un poco extraña.
Al día siguiente, Estefanía se encontraba en el hospital haciendo compañía a Javier cuando recibió una llamada del juzgado:
—Señorita López, buenos días —habló una voz desconocida, pero muy formal—. Le hablamos del juzgado de primera instancia para que nos indique, por favor, una dirección exacta donde podamos hacerle llegar la copia certificada de su acta de divorcio.
—Oh… —balbuceó ella, pestañeando con rapidez—. Eh… sí. La dirección es…
Cristian le había dicho que se encargaría de que el divorcio saliera rápido, pero no esperó que fuera tan rápido.
Aparentemente, su exmarido también había tenido prisa por liberarse.
Estefanía colgó la llamada y miró hacia la habitación donde su hermano seguía recostado en la cama.
Él había confesado su participación en aquella red del puerto sur, admitiendo que había intentado huir en la embarcación con los cabecillas cuando la policía antidrogas abrió fuego.
Después de todo, Cristian era su tutor; que lo relacionaran con un chico involucrado en el crimen organizado no era bueno para su imagen.
Al final, el supuesto amor que le había profesado era falso. Nada importaba más que sus propios intereses. Ni siquiera el bebé en su vientre.
Sacudió la cabeza y se dispuso a regresar al cuarto con su hermano cuando recibió una notificación en su teléfono.

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