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El juguete del abogado romance Capítulo 149

—¿Qué…?

El capitán de la policía estaba incrédulo. No podía creer semejante despliegue por una mujer que había considerado insignificante.

—¿Escuchó o prefiere ser usted quien ocupe una celda ahora mismo? —sentenció el agente federal, extendiendo la mano—. Las llaves. Ahora.

El hombre no tuvo más remedio que hacer una seña a uno de sus subordinados.

Las llaves fueron entregadas en cuestión de segundos.

—Sección de aislamiento, al fondo a la izquierda —murmuró el oficial subordinado, dando un paso atrás para abrirles paso de inmediato.

En cuanto alzó la cara, el oficial se encontró con un par de ojos marrones, tan fijos y siniestros que no pudo evitar recordar las palabras de la prisionera.

«¡No tienen ni la menor idea de quién es mi esposo!». Esa declaración, aparentemente descuidada, ahora tomaba sentido.

Lástima que él no hubiera escuchado cuando se las dijo.

Cristian no necesitó decir una sola palabra. Avanzó directamente, siendo precedido por dos agentes federales que abrían paso hacia el pasillo.

En la última celda se encontraba una figura encogida.

La cabeza de la mujer estaba escondida entre sus rodillas y su cabello castaño, con ligeros reflejos dorados, caía como un manto que cubría el resto de sus piernas.

Su respiración era pausada, como si se hubiera quedado dormida en esa posición claramente incómoda.

Uno de los agentes introdujo la llave y el sonido metálico que provocó hizo que ella despertara de su letargo, muy lentamente.

Los ojos de Estefanía se abrieron con asombro al encontrarse directamente con los de él. Su mirada se llenó de incredulidad, como si dudara de su propia vista.

Luego de unos segundos de silencio, esos labios rosados y apetitosos, completamente besables, se abrieron apenas, como si ella quisiera decir algo pero no encontrara las palabras.

Pero no hacía falta decir nada.

Estefanía sabía perfectamente el motivo de su presencia.

Ella.

No había otra razón por la que él pudiera estar allí.

—Cristian, ¿qué…?

Aún así, siguiendo fielmente su naturaleza curiosa e incorregible, ella quiso preguntarle de todas formas.

A su mujer le gustaba escuchar las cosas.

Claro que sí.

—Vine por ti —decidió complacerla.

Estefanía parpadeó repetidamente, incapaz de procesar las palabras, como si su cerebro acostumbrado a sobrepensarlo todo hubiera hecho cortocircuito.

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