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El juguete del abogado romance Capítulo 150

—Estoy bien —aseguró Estefanía, acomodándose en el asiento trasero junto a Cristian—. Estoy perfectamente bien.

El hombre ya había presionado el comando de la puerta y el cristal blindado subió, aislándolos por completo de la parte delantera de la camioneta.

—Dices que estás perfectamente bien, pero terminaste encerrada —dijo él, tomándole las manos para examinarlas, una a una—. ¿Desde cuándo te dedicas a golpear gente?

Estefanía desvió la mirada ante su reprimenda. No tenía nada de qué arrepentirse; esa muchacha se merecía mucho más que una simple cachetada.

—No vuelvas a usar tus manos para esto —sentenció Cristian, rozando sus nudillos con el pulgar—. Si alguien necesita una paliza, me lo pides a mí.

—Cristian, ¿qué dices? —lo observó incrédula. No podía creer lo que estaba escuchando.

¿Entonces no la estaba regañando por pelear? En realidad, lo único que le molestaba era que se hubiera expuesto.

—Digo que solo tienes que pedírmelo. Te hicieron pasar un mal rato y no hay manera de que eso quede impune. Dime, ¿cómo quieres vengarte de esto?

—¿No me vas a preguntar la razón?

Obviamente, no se había peleado solo porque sí, pero a él no parecía interesarle.

—¿Y por qué eso tendría que importar?

—¿Y por qué no importaría? —rebatió con calma—. Te estás metiendo en un problema que es mío.

—¿Tuyo? —sonrió despacio—. Parece que olvidas algo básico.

Su gran mano descendió hasta posarse sobre su vientre plano, aplicando una presión suave y posesiva.

—Todo lo que hay aquí dentro es mío —declaró, mirándola a los ojos—. Tú y mi hijo son mi propiedad, Estefanía. Así que cualquier idiota que se atreva a tocarte a ti o a ponerlo en riesgo a él, se mete directamente conmigo.

Ella no pudo evitar sentir un escalofrío. Pero no era de miedo, precisamente; era una mezcla entre oscura fascinación y deseo.

—Todavía no me queda algo claro —ronroneó, inclinándose hacia él en un movimiento lento, incapaz de resistirse a su magnetismo—. ¿Cómo lo supiste?

—¿Quieres hablar de eso ahora?

Él parecía también sentir el cambio en el ambiente.

No tenía claro cuánto tiempo había pasado. Una semana, dos… parecía una eternidad.

Estefanía se arrojó a sus brazos, siendo atrapada al instante. De ocupar un asiento, ahora estaba sentada sobre sus piernas, con sus rostros muy cerca y sus narices rozándose.

—No trates de evadir el tema. Confiesa que me estás siguiendo.

—¿Y acaso consideraste la posibilidad de que no lo hiciera?

—Estamos divorciados —le recordó.

Cristian solo sonrió, sin agregar nada más.

Su sonrisa era la cosa más jodidamente excitante.

Había algo en la forma en que lo hacía, en esa superioridad desbordante, como si supiera cosas, como si tuviera siempre todo bajo su control.

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