Estefanía tenía los ojos cerrados mientras el hombre acariciaba lentamente su cabello.
Sus largos dedos se deslizaban entre sus mechones con suavidad.
Con la cabeza recostada en su pecho, sentía el ritmo calmado de su corazón.
—¿Estás muy cansada, exesposa? —susurró él junto a su oído, juguetón.
Ella no pudo evitar esbozar una sonrisa mientras negaba internamente.
—No quieras burlarte de mí.
—¿Por qué me burlaría?
—Lo estás haciendo —lo acusó.
—Eras tú quien no dejaba de recordar que éramos ex hace un rato. ¿Qué hay de malo en que lo diga también?
—De malo, nada —repuso ella, alzando la barbilla apenas lo suficiente para rozar la mandíbula de él con los labios—. Salvo que ningún «ex» tiene derecho a hacerme lo que me acabas de hacer.
Cristian soltó una risa baja, claramente satisfecho consigo mismo.
—Entonces el problema es fácil de resolver —murmuró, rozando sus labios contra su frente—. Eliminemos el «ex» y vuelve a decirme esposo.
—Claro —resopló ella, sin borrar su pequeña sonrisa—. No serías tú si no arreglaras todo a tu conveniencia.
—No tengo la culpa de que las fichas siempre terminen alineándose a mi favor —respondió él con arrogancia, deslizando dos dedos desde su barbilla hasta la curva de su cuello, como si estuviera moviendo la pieza decisiva en un tablero—. Solo me limito a ejecutar la jugada correcta en el momento exacto.
—Qué conveniente —se burló, soltando una risita—. Lo haces sonar tan casual, como si no tuvieras todo este maldito juego fríamente calculado desde el principio.
—Lo tendría, si no fueras tan exasperadamente rebelde —contraatacó él, apretando apenas su agarre sobre su cintura.
—¿Ahora me acusas a mí? —se indignó ella, intentando apartarse de su pecho para mirarlo de frente; pero Cristian apenas la dejó tomar distancia, como si la idea de separarse fuera algo que le resultara insoportable.
—Es la verdad —murmuró, acortando el espacio de nuevo para sostenerle la mirada—. Eres lo único en mi vida que escapa a mi control.
—¿Debería sentirme halagada? —presumió, rozándole los labios con una sonrisa altanera.
Por primera vez se sintió verdaderamente poderosa.
El poder de saberse la única debilidad de un hombre como él.

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