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El juguete del abogado romance Capítulo 16

Estefanía no había dejado de llorar en el asiento del copiloto.

—Basta —dijo Cristian, harto de su llanto.

El hombre sacó un pañuelo limpio de la guantera y se lo entregó.

Ya le había dicho en otra ocasión que las lágrimas le resultaban molestas, pero ella no podía contenerse en ese momento.

No ahora que sabía que Javier había sido capaz de hacer algo tan estúpido como consumir drogas.

—Lo siento… —tomó el pañuelo con dedos temblorosos y comenzó a secarse las mejillas con torpeza.

—Recuerda lo que hablamos en la oficina —le dijo él sin apartar la vista de la carretera. Sus manos fuertes y venosas mantenían un control absoluto sobre el volante—. Si no tienes la fuerza suficiente para mantener la compostura ahora, todos tus esfuerzos por salvar a tu hermano habrán sido en vano.

Ella asintió, aunque él no estaba viéndola.

Quería ser fuerte, pero no sabía cómo.

Sin embargo, hizo un gran esfuerzo para no llorar más. Sus lágrimas no solucionarían el problema. Necesitaba tener la cabeza fría para enfrentar lo que sea que estuviera a punto de encontrar.

Pocos minutos después, llegaron al sitio. Se trataba de un callejón oscuro, oculto detrás de unos edificios abandonados.

Las personas que rodeaban el lugar tenían un aspecto demacrado, con ojos hundidos. Se notaba que eran personas que habían perdido toda esperanza, sumiéndose en el vicio.

Sintió una punzada de dolor en el corazón.

Al mirarlos, no pudo evitar ver más allá de esa apariencia de miseria; pensó en que cada uno de ellos era el hijo, el hermano o el padre de alguien. Seres humanos que en algún momento jugaron, sonrieron y fueron amados, y que sin duda debían tener a una familia sufriendo y esperándolos en casa.

Una profunda compasión la embargó y dio un paso involuntario hacia uno de ellos.

No sabía qué pretendía; quizás decirle que volviera a casa, que alguien seguramente lo estaba esperando.

Sin embargo, antes de que pudiera avanzar más y cometer una estupidez, una mano la jaló hacia atrás.

—Allá está —le indicó el hombre a su lado con un leve movimiento de barbilla.

Estefanía espabiló al instante.

Cierto, Javier.

Al divisar la silueta de su hermanito quiso correr hacia él, pero Cristian no se lo permitió. Reforzó el agarre en su brazo y la obligó a caminar a su lado, paso a paso.

El muchacho estaba siendo sujetado por dos hombres enormes con trajes oscuros y rostros inexpresivos. Claramente esos tipos habían sido contratados por Cristian.

Cuando estuvieron a poca distancia, finalmente Javier los notó a ambos. Su rostro crispado por el fastidio perdió todo color en menos de un segundo.

Hasta ese momento, él parecía creer que se había metido en algún tipo de problema callejero sin importancia. No sabía que esa gente trabajaba para Cristian.

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