Cristian habló de meter a Javier en un reformatorio por un tiempo.
Sus palabras exactas fueron:
—Míralo como un retiro espiritual —una sonrisa espantosamente cruel estiró sus finos labios.
Obviamente, Javier pegó el grito en el cielo. Acababa de salir del orfanato; no concebía la idea de entrar en otro encierro.
—¡Estefi, por favor! —suplicó el muchacho, mirándola como si ella fuera su única salvación. Lo que no sabía él era que ella no tenía tanto poder—. No dejes que me haga esto. Fue solo una vez, te lo juro por mamá. ¡No me mandes a ese lugar!
Estefanía estaba en medio de ese dilema.
Por un lado, estaba Cristian, cuyos métodos eran implacables al momento de ejercer disciplina.
Por el otro, estaba su hermano menor, quien justo ahora se veía más indefenso que nunca.
Él ya había mostrado rechazo hacia ella por estar con aquel hombre de forma intima; si se ponía de su lado, seguro la odiaría.
Tragó saliva y miró a Cristian.
—Por favor, Cristian… hay que darle otra oportunidad —suplicó, colocándose a medio camino entre ambos—. Confío en mi hermano. Sé que no lo volverá a repetir.
El hombre la observó en silencio, mostrándose más imponente que nunca. Era obvio que no iba a flaquear ante sus lágrimas ni sus sentimentalismos.
—En el momento en que das el primer paso en ese mundo, la tentación se vuelve permanente —dictaminó él, como quien es capaz de ver el futuro—. Tu hermano está bajo mi responsabilidad legal ahora, Estefanía. Y si quiere vivir bajo mi techo, debe acatar mis reglas. En mi mundo no hay espacio para errores que puedan usarse en mi contra.
Comprendió algo terriblemente real: no tenía ninguna potestad legal sobre su hermano.
Se giró hacia el muchacho, y este la observó con claro resentimiento.
Al final, era ella quien los había metido a ambos en este enredo.
Por un momento no pudo evitar preguntarse qué hubiera pasado si en su primera vez hubiera sangrado como una chica normal, si todavía conservara el dinero.
¿De verdad era imposible que le dieran la custodia de su hermano?
¿Javier hubiera probado drogas de todas formas?
¿Cómo lo hubiera solucionado ella?
Quizás ni siquiera se hubiera dado cuenta.
Y mientras pensaba en los hubieras que ya no podía cambiar, sus hombros se hundían cada vez más con un peso que no tenía fuerzas para soportar.
Al final, este hombre tenía razón. Era demasiado débil.
No fue capaz de decir nada más. Su silencio fue la respuesta.
Más tarde, esa misma noche, Estefanía estaba sentada al borde de la cama con las rodillas pegadas al pecho. Sin poder dormir.
La culpa y la impotencia no le daban tregua.
Cerró los ojos, y entonces recordó la cercanía del cuerpo del hombre, la firmeza de su mirada.
Su voz.
Sobre todo su voz.
—Dime una sola cosa que quieras hacer. Una sola cosa que desees para ti, y yo me encargaré de que la cumplas.
Una chispa extraña se encendió en su pecho.
No era solo la oportunidad, era el deseo de poseer esa misma fuerza arrolladora con la que él controlaba el mundo a su alrededor.
Quería dejar de ser débil.
Abrió los ojos en la oscuridad, y entonces encontró una respuesta.
No tenía el estatus ni la fuerza, pero necesitaba desesperadamente aprender a defenderse.
¿Y qué mejor forma que usar las mismas armas que él?

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