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El juguete del abogado romance Capítulo 18

Javier prometió ser un joven juicioso e incluso se disculpó por la discusión anterior.

—No quise faltarte el respeto —habló él con un tono que demostraba claro arrepentimiento—. Sé que mi hermanita es la chica más dulce y buena que existe en el mundo entero. Nunca más volveré a emitir un comentario que pueda ofenderte.

—Javier, está bien. No importa.

Estefanía no guardaba ningún tipo de resentimiento hacia su hermano menor. Las palabras crueles que le había dicho se las había llevado el viento, y solo había quedado ese amor incondicional y dulce que le profesaba desde que eran niños.

Lo abrazó, recordando cómo era sentir su cuerpo más pequeño entre sus brazos.

Ahora Javier estaba a punto de convertirse en un hombre. Sus hombros, visiblemente más anchos, y sus brazos fuertes la rodearon también.

—Siempre serás mi pequeño —le dijo sin importarle que ya la hubiera rebasado en altura—. Pórtate bien, por favor.

Esa mañana, luego de despedirse de Javier, acompañó a Cristian a la oficina, visiblemente más contenta.

En medio del trayecto tuvo el impulso de decirle lo que había decidido la noche anterior.

Aunque no sabía exactamente cómo.

Se retorció los dedos en el regazo. Aquello era algo que hacía siempre que estaba nerviosa.

Cristian detuvo el auto en un semáforo y evidentemente lo notó. Giró levemente la cabeza y la observó de reojo.

—Si sigues destrozándote las manos de esa manera, te vas a quedar sin dedos —sus palabras eran secas, aunque una curva cruel se dibujó en sus finos labios.

Estefanía detuvo el movimiento de inmediato y lo miró con las mejillas encendidas.

—No me los estoy destrozando —se defendió, aunque escondió las manos tras su espalda en un intento inútil—. Es solo que... quería decirte algo, pero no sé si sea un buen momento.

—Solo habla.

Ella se mordió el labio inferior.

El gesto quedó inmediatamente atrapado en la intensidad de aquellas pupilas oscuras, dos abismos de un café tan profundo que parecían devorar cada uno de sus movimientos.

Sintió el cambio en el ambiente.

El subidón de temperatura.

En ese tiempo juntos había aprendido a identificar las señales de su deseo.

Y eso estaba pasando.

Su corazón se aceleró cuando lo observó en cámara lenta inclinarse sobre ella.

Contuvo el aliento, anticipándose para el beso. Sus ojos se cerraron lentamente y entonces el sonido de una bocina los hizo separarse.

El abogado maldijo entre dientes, regresando a la postura correspondiente para alguien cuya labor era manejar.

No la presionó para hablar, pero ella sabía muy bien que lo estaba esperando.

A los pocos minutos, reunió el valor necesario.

—Respecto a su propuesta del día anterior, yo quisiera empezar con algo pequeño. Quizás… —se retorció los dedos de nuevo, sin poder detenerse—. Aprender de usted. Convertirme en su asistente.

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