Estefanía sentía que estaba viviendo en un sueño.
Un mes había pasado volando, y ahora ella era una estudiante de Derecho.
Jamás lo hubiera imaginado.
Al principio, la idea de la universidad la había aterrado tanto.
Pero ahora, sumergida en ese mundo, no dejaba de fascinarse con las leyes.
Le gustaba entender cómo funcionaba el mundo, las reglas, la justicia. Era como si, al fin, estuviera obteniendo herramientas para defenderse de la vida.
Aun así, la imponencia del campus le abrumaba.
Los edificios de techos altos, los pasillos ruidosos y el mar de estudiantes que caminaban con prisa de un lado a otro la hacían sentir diminuta. Ella siempre prefería pasar desapercibida, buscando los rincones menos transitados.
Al terminar la última clase de la tarde, salió del edificio y se dirigió hacia la parada de autobuses que quedaba a las afueras de la entrada principal. Solo quería llegar a casa, ver a su hermano y repasar los apuntes del día.
Sin embargo, a mitad de camino, sintió un sobresalto repentino en el corazón.
Apoyado contra un auto, justo a unos metros de la parada, se encontraba Alexei.
Los ojos del hombre se fijaron en ella, casi al segundo. Como un depredador que reconoce el momento exacto en el que ha aparecido su presa.
Y ella era, en efecto, esa presa.
Todavía no había dejado de ser una presa para los tipos como él.
Sintió una oleada de miedo invadirla al solo verlo.
No pudo evitar recordar el golpe que le había dado la última vez. El sabor de la sangre en su boca. Lo agonizante que le resultó ponerse de pie después.
Quiso esquivarlo, simular que no lo conocía, pero él no dejaría pasar la oportunidad para molestarla.
—¿Conque es cierto? —se burló Alexei, con una sonrisa cínica que le revolvió el estómago al segundo—. Ahora finges ser una estudiante universitaria.
El hombre la sostuvo del brazo y la hizo girar con brusquedad.
—Deja de jugar aquí y regresa a donde perteneces —siseó muy cerca de su cara, sin soltarla—. Esa inútil amiga tuya acaba de terminar en terapia intensiva. Y necesito un reemplazo.
Estefanía abrió muy grandes los ojos, sorprendida.
La última vez que había hablado con Carolina había sido hace apenas un par de días. Le había contado que estaba estudiando y cómo su vida por fin estaba cambiando para mejor. También le había rogado que se saliera de esa vida. Después de todo, Carolina era igual de joven, había abandonado el orfanato un año antes, solo para quedar atrapada en ese infierno que ahora era su vida.
—¿Qué... qué le ocurrió?
Alexei soltó una risotada fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
—Pues parece que no satisfizo como debía a su último cliente.
Sintió las lágrimas agolparse en sus ojos de inmediato.
Una paliza.
Eso era lo que le había pasado a Carolina.
Bajó la mirada, queriendo llevarse la mano al pecho ante aquel dolor desolador que le abrumaba el corazón.
—Vamos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado