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El juguete del abogado romance Capítulo 20

Estefanía cerró los ojos con fuerza.

La presión hizo que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas, mientras que ella, con la mente en otro sitio, imaginaba que eran las manos de su madre que acariciaban su rostro.

Sin embargo, el autoengaño no duró mucho.

Habían pasado ocho años desde que perdió a su progenitora. Por las noches seguía soñando con sus caricias.

Las manos de su mamá eran pequeñas, de dedos suaves; con un simple toque siempre le llenaban el pecho de calidez.

Ahora, en cambio, sentía que una arcada subía por su garganta.

El asco y la repugnancia inundaron todos sus sentidos sin darle espacio a nada más.

Al abrir los ojos de nuevo, la realidad la sacudió, haciéndola sentir como si estuviera encima de una pequeña balsa en medio de un océano embravecido.

El hombre gordo y desagradable que tenía delante la miraba con una lascivia difícil de ocultar, mientras una sonrisa asquerosa deformaba su rostro sudoroso.

—¿Es esta tu primera vez, putita? ¿Por qué lloras tanto?

La pregunta la hizo sentir todavía más asqueada. Si no se apartaba en ese preciso segundo, seguro lo iba a vomitar.

—¡Quítese! —luchó con todas sus fuerzas por desprenderse de aquellas manos.

El hipopótamo que la sostenía no se alejó ni siquiera un poco.

El olor nauseabundo que emanaba de él se apoderó de su olfato cuando, en contra de su voluntad, la besó.

Intentó de todo: patadas, empujones, rasguños. Pero no pudo moverlo ni un centímetro.

A este punto prefería morir que ser abusada por un cerdo como ese.

Pero la pistola con la que Alexei la había amenazado para que entrara a esa habitación ya ni siquiera estaba a la vista.

El hombre la arrojó con fuerza sobre la cama.

—¡Pagué por un servicio y me lo vas a dar, así que deja de resistirte!

Trastabilló sobre la cama queriendo bajarse de la misma, pero no tuvo oportunidad. Aquel cuerpo gordo y pesado la aplastó contra el colchón al segundo.

Sentía que se asfixiaba. El hedor a alcohol y sudor rancio que desprendía esa piel grasienta la mareaba, hundiéndola en una sensación de desesperación absoluta.

—¡Máteme! ¡Máteme! ¡Pero no me toque! —sus gritos desesperados seguramente se escuchaban hasta el pasillo.

Nadie acudió a su llamado. En ese lugar, sus gritos eran solo ruido de fondo.

—¡Por favor, déjame ir! ¡Se lo ruego! ¡Ayuda!

Sintió esas manos rudas y torpes tirando de la minúscula prenda que la cubría.

Con un tirón violento, el hombre le arrancó la parte superior, rompiendo el sujetador en pedazos y dejándola con los senos al aire.

Estefanía soltó un chillido desgarrador, cargado de pura agonía, mientras cruzaba los brazos sobre su pecho en un intento inútil por cubrirse.

«Esto no está sucediendo. No está sucediendo», se decía una y otra vez, tratando de irse a una realidad alterna que, simplemente, no existía.

No tenía forma de evadir su presente.

La desesperación llegó a un punto máximo, el punto en que comprendía que la lucha era realmente inútil.

Cerró los ojos de nuevo, anhelando desmayarse.

Pero la vida la obligó a estar despierta.

Y entonces el tiempo pareció congelarse.

El silencio fue absoluto, solo interrumpido por la respiración agitada del hombre que tenía encima, cuya única misión era ultrajarla y estaba a punto de cumplirla, cuando de la nada, la madera de la puerta se estrelló contra la pared con un estruendo que hizo vibrar el piso.

El hombre gordo se detuvo, sorprendido sobre su cuerpo.

Giró la cabeza con brusquedad hacia la entrada.

Ambos lo hicieron.

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