—¿Terminaste?
El agua de la regadera caía sobre el cuerpo de Estefanía.
En cuanto llegó al departamento, había querido darse una ducha.
Estaba encerrada en el baño desde entonces.
Los minutos pasaron y el jabón no parecía ser capaz de borrar la impureza que se había apoderado de su cuerpo.
Así que terminó encorvada en el piso del baño.
Sus lágrimas se mezclaban con el agua de la regadera y se perdía por el desagüe.
Carolina.
Solo podía pensar en su amiga.
Solo podía pensar que ella había vivido cosas incluso peores de las que estuvo a punto de experimentar esa noche.
¿Cuántos hombres de aspecto desagradable habían tocado su cuerpo?
¿Cuántas personas, en general, lo habían hecho?
¿Habría ella gritado con desesperación también las primeras veces?
Recordaba a la Carolina del orfanato. Siempre ayudando. Siempre sonriendo.
Cuando abandonó el albergue un año antes, ella le aseguró que conseguiría un buen trabajo y saldría adelante.
«Qué importa si nunca nadie me adoptó. Voy a crearme mi propio futuro».
Estefanía también se contagió de su entusiasmo.
Ambas creían que la vida fuera del orfelinato iba a sonreírles.
Pero ambas estaban terriblemente equivocadas.
—¡Voy a entrar!
Apenas logró registrar la advertencia cuando la puerta se abrió de golpe.
Giró el rostro hacia el hombre de pie bajo el marco.
La mirada de Cristian recorrió el espacio hasta clavarse en el suelo húmedo donde se encontraba.
Al verla allí, encorvada, tiritando entre lágrimas, su mandíbula se tensó.
Una chispa de pura rabia cruzó sus facciones cinceladas.
—¡¿Qué demonios haces?! —bramó.
Avanzó rápidamente, tomando una toalla grande que colgaba del perchero, y se agachó a su lado, sujetándola por los hombros para obligarla a incorporarse.
—No... no te preocupes —balbuceó ella, intentando inútilmente limpiarse las lágrimas—. Ya... ya iba a salir.
—¿Salir cuándo? ¿Cuando te resfríes? —la reprendió con dureza, mientras la envolvía de mala gana en la tela—. Llevas una eternidad aquí metida. ¿Acaso perdiste el juicio?
Estefanía sacudió la cabeza.
Pero en el fondo sabía que, posiblemente, se hubiera quedado allí toda la noche.
Las lágrimas, que apenas había logrado contener, volvieron a agolparse en sus ojos.
Estaba demasiado sensible.
Al verla temblar con aquel llanto silencioso, la dureza del hombre se detuvo.
Él cerró los ojos un instante y dejó salir un largo suspiro.
—Ven —dijo, y esta vez su voz sonó más baja. Casi dulce.
La levantó del suelo sin esfuerzo y la llevó a la habitación, sentándola en el borde de la cama.
Tomó los extremos de la toalla y comenzó a secarla.

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