Estefanía jamás imaginó que la siguiente vez que vería a Carolina sería en un lugar como ese.
Un funeral.
Un maldito funeral.
—¡Carolina! —lloró dejándose caer sobre la lápida.
Javier también estaba presente, pero era Cristian quien desentonaba completamente con el lugar.
Su presencia no tenía nada que ver con el luto.
Él no estaba allí por su amiga.
El resto de los asistentes ya estaban yéndose.
Habían asistido muy pocas personas, pero entre ellas reconoció a dos chicas.
Sí, ella había visto esas caras antes.
Se levantó con premura para alcanzarlas.
Las compañeras del prostíbulo de Carolina avanzaban a toda prisa, como si haber asistido a ese lugar no hubiera sido una decisión muy consciente.
Vio cómo se dirigían hacia un auto negro estacionado a unos metros. Un vehículo de vidrios polarizados, que conocía demasiado bien.
Era el auto de Alexei.
Su corazón dio un vuelco.
La rabia, la agonía, todo estalló en su pecho como un volcán.
El hombre estaba allí, recostado contra la puerta del conductor, sosteniendo un cigarro entre esos dedos manchados de la sangre de su amiga.
Porque sí, él había sido el culpable.
—¡Es tu culpa! —gritó, abalanzándose sobre él.
El día anterior, ese sujeto la había secuestrado, pero ella no sentía temor por un nuevo secuestro o porque le hiciera daño; sentía una inexplicable sed de venganza.
Necesitaba hacer justicia por Carolina.
Con todas las fuerzas que le quedaban, lo empujó por el pecho una y otra vez.
—¡Es tu culpa que ella esté muerta! —chilló con la voz rota de puro dolor.
Alexei reaccionó con la agresividad propia de un tipo sin escrúpulos como él.
Sin mediar palabra, soltó el cigarrillo y levantó la mano derecha, listo para descargarla sobre su rostro.
Ella cerró los ojos, esperando el impacto.
Pero el golpe nunca llegó.
En cambio, escuchó una voz baja, peligrosa, que contenía una amenaza de muerte.
—Atrévete a tocarla.
Y entonces, al abrir los ojos, lo vio.
Cristian había interceptado en el aire la muñeca de Alexei.
El hombre se había interpuesto entre ambos, con el rostro convertido en una máscara de piedra, tan frío, pero totalmente lleno de violencia.
No pudo evitar sentir temor.
Alexei no solo traficaba con chicas; seguramente también había matado antes.
—¡Cristian, no!
Estefanía recién se daba cuenta de que todo lo que había hecho era una imprudencia.

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