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El juguete del abogado romance Capítulo 23

¡Pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi!

La alarma de su celular no paraba de sonar sobre la mesita de noche.

Estefanía, acostada boca abajo, veía cómo la pantalla del aparato se encendía y se apagaba una y otra vez.

No tenía fuerzas ni siquiera para estirar la mano y detenerlo.

Tampoco tenía fuerzas para aparentar que la vida seguía con normalidad, cuando había perdido un pedazo importante de sí misma.

Los minutos transcurrieron de esa forma hasta que Cristian entró a buscarla. Ella simplemente hundió el rostro en la almohada y murmuró que no podía ir así a la universidad.

No había dejado de llorar desde la muerte de su amiga.

Seguramente estaba hinchada y con un aspecto que nadie querría ver.

Para su sorpresa, él no insistió.

Cuando Cristian regresó por la tarde, ella seguía en la misma posición, hecha un ovillo en medio de la cama.

Él se acercó y dejó un recipiente con comida sobre la mesita de noche.

—¿Por qué no comiste? —preguntó con cierto reproche, aunque intentaba no ser duro.

—No tenía hambre —respondió con sinceridad, sin molestarse en mirarlo.

Nuevamente, no insistió.

Al día siguiente, estaba lista para darle la misma respuesta cuando él entró en la habitación.

—No te vas a quedar aquí a pudrirte —se adelantó él, intuyendo lo que le iba a decir.

Esta vez no aceptó ningún tipo de réplica de su parte; la obligó a vestirse y se la llevó consigo al trabajo.

Durante toda la mañana, permaneció sentada en un sillón de su oficina. Tenía la mirada fija en los ventanales, viendo cómo las gotas de lluvia resbalaban por el vidrio.

Estaba completamente distraída, ausente, pero Cristian no la presionó para que lo ayudara en nada.

Ni siquiera le dijo que sacara una simple fotocopia. Absolutamente nada.

Sin embargo, como ya había visto antes, su paciencia tenía un límite.

A la hora del almuerzo, la llevó a un restaurante cercano y, al ver que solo se limitaba a mover la comida con el tenedor, ordenó con voz implacable:

—Come.

—No quiero.

La verdad era que sentía el estómago cerrado, incapaz de aceptar alimento.

Pero el hombre no aceptó esa respuesta.

Dejó sus cubiertos de lado y rodeó la mesa; antes de que ella pudiera reaccionar, la tomó por la cintura y la levantó para hacerla sentar directamente sobre sus piernas.

—¿Qué... qué haces? —lo miró con los ojos desorbitados.

Sí, estaban en un reservado privado, pero si a un mesero se le ocurría entrar, los vería en esa posición y ella moriría de la vergüenza.

—Ya que no puedes hacerlo sola, lo haré yo —dijo él, con el rostro serio, completamente imperturbable.

Tomó la cuchara, la llenó con un poco de sopa y la acercó a sus labios.

—Abre la boca.

Titubeó, abrumada por la cercanía de esos ojos oscuros y magnéticos.

En este punto, no sabía qué pensaba él sobre ella.

¿Cómo la veía?

¿Era compasión lo que le estaba demostrando o había algo más?

Quería creer que había algo más.

Sin dejar de observarlo, con las mejillas ardiendo, entreabrió los labios y aceptó la comida.

Bajo su atenta vigilancia, terminó tragando bocado tras bocado.

Al día siguiente, el trato suave de Cristian se terminó.

A primera hora de la mañana, tiró de sus cobijas, tomándola del brazo para levantarla de la cama.

—Hoy no aceptaré ningún tipo de excusa —declaró, mirándola desde arriba con imponencia—. Ve a ducharte porque vas a la universidad.

Su semblante le dejó en claro que no había espacio para negociar, así que arrastró sus pies y terminó obedeciendo.

Minutos después, la llevó él mismo al campus y advirtió que vendría a buscarla más tarde.

Estefanía se quedó de pie en la entrada por un par de segundos, observando cómo aquel auto lujoso se perdía en medio de la calle.

De repente, escuchó la voz cercana de una compañera de clases.

—¿Es ese tu novio? —preguntó la chica, con una clara insinuación en la mirada.

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