Con lentitud, Estefanía comenzó a desvestirse.
Primero quiso quitarse la blusa.
Pero Cristian fue incapaz de esperar.
Dejó caer la toalla que lo cubría, revelando un miembro grande y venoso, completamente erecto que apuntaba hacia ella como si fuera un arma letal.
El hombre dio varios pasos en su dirección y la tomó por la nuca, besándola con urgencia.
Su boca la devoraba, mientras sus manos hábiles terminaban la tarea de arrancarle la prenda.
Su pantalón de dormir fue lo único que seguía puesto, pero él no se molestó en quitárselo del todo.
Estaba más concentrado en sus senos, apretándolos con fuerza, pellizcando sus pezones hasta que soltó un gemido ahogado contra los labios de él.
Estefanía intentó sujetar su miembro con sus manos, para poder sentir así la forma en que palpitaba y lo caliente que estaba entre sus dedos.
Cristian gruñó ante su toque, excitado, y la lanzó sobre la cama sin delicadeza.
—¿Cuándo es tu próxima inyección anticonceptiva? —preguntó, todavía de pie, mirándola con esa intensidad que la desarmaba entera.
Rápidamente recordó que él la había llevado al ginecólogo, encargándose así de su planificación familiar para evitar cualquier sorpresa.
—Dentro de dos semanas —respondió ella con la voz entrecortada.
Todavía tenía la fecha grabada en su cabeza.
—Recuérdame para llevarte —ordenó.
Entonces se subió sobre ella y comenzó a besarla por todas partes: su cuello, sus senos, su abdomen, sus muslos.
Los dedos expertos del hombre se hundieron entre sus piernas, follándola con tres de ellos, curvándolos dentro de su canal húmedo y buscando ese punto que la hacía enloquecer.
Estefanía gemía, arqueando la espalda, pero en el fondo de su mente no dejaba de pensar en la imagen de esa mujer hermosa que abrazaba a un Cristian más joven y sonriente.
De pronto, él se posicionó en su entrada y la sujetó del cabello con fuerza, tirando de él para obligarla a mirarlo.
Su expresión denotaba clara molestia.
—¿Dónde está tu mente ahora? —la reprendió como si estuviera celoso de que algo más ocupara sus pensamientos—. Cuando te esté follando, lo único en lo que puedes pensar es en mí.
Tragó saliva y asintió, sintiendo una extraña calidez ante ese tono posesivo.
Quería creer que, en el fondo, sin importar quién fuera esa otra chica, ella era importante para él.
—Solo pienso en ti —susurró complaciente.
Para su desgracia, no mentía.

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