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El juguete del abogado romance Capítulo 25

Estefanía durmió esa noche en la cama de Cristian.

Como de costumbre, se acurrucó como un gatito perezoso junto a él.

El hombre no la rechazó. Acarició su cabeza un par de veces hasta que se quedó dormida por el cansancio.

Al despertar, la cama estaba vacía y ella seguía desnuda entre sábanas revueltas que olían a él y a sexo.

No pudo evitar recordar lo que habían hecho.

Sintió un calorcito extraño encenderse en aquella parte concreta de su anatomía al rememorar la forma en la que él la había tomado.

Cuando decidió vender su virginidad, ella no tenía ningún tipo de expectativa respecto al sexo. Solo sabía que la primera vez dolía y lo normal era sangrar; mas no se imaginaba lo adictivo que podría llegar a ser.

Justo ahora, no concebía un día en el que aquel hombre no estuviera follándole los sesos.

Pero el sexo no solo era disfrute. Si no se tomaban las precauciones necesarias, también podría dar como resultado un bebé.

Y ya Cristian le había dejado en claro que no quería hijos. Ella tampoco; no todavía. Era demasiado joven.

Sin embargo, al recordar su tono despiadado, sintió una repentina opresión en el corazón.

«Seguramente lo dice por mi bien», se dijo a sí misma, levantándose.

Apenas estaba empezando a estudiar y era seguro que él quisiera que ella tuviera un buen futuro.

Al final, Cristian no era tan malo.

No pudo evitar sonreír, confirmando algo terrible. Verdaderamente se estaba enamorando.

Las siguientes semanas transcurrieron con total normalidad.

Javier, aunque no era fan de la relación que mantenía con Cristian, ya no se oponía.

Aparentemente se estaba portando bien.

Acudía juiciosamente a clases en aquel colegio privado en el que lo había inscrito Cristian.

Antes, ambos asistían a una escuela pública que rodeaba el orfanato, una institución gratuita donde ella había completado su educación secundaria.

Un día, antes de que Javier se fuera a la escuela, se detuvo frente a ella.

El muchacho esperó especialmente el momento en que estuvieran a solas, lo que le hizo intuir al instante que tenía algo que decirle y no quería que lo escuchara Cristian.

—¿Dime qué sucede? —lo animó ella, acomodando el cuello de su camisa escolar.

—Es que quería preguntarte algo… —comenzó él, bajando la voz.

—¿Qué es?

—¿De casualidad no tendrás algo de efectivo que me prestes?

—¿Efectivo?

Estefanía frunció el ceño.

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