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El juguete del abogado romance Capítulo 26

En el consultorio ginecológico, la enfermera acababa de tirar la jeringa usada al contenedor de desechos biológicos.

Justo en ese momento, el teléfono de Cristian vibró con una llamada.

Estefanía observó cómo el hombre tomaba el celular de inmediato, revisaba la pantalla y hacía una seña rápida al doctor antes de cruzar el umbral hacia el pasillo.

Y así, se quedó a solas con el médico.

Sus piernas se balancearon sobre la camilla mientras pensaba en la mejor manera de hacer la pregunta que tenía en la punta de la lengua.

—Doctor… —lo llamó con cierta timidez, haciendo que el médico apartara la vista del expediente que estaba revisando.

—Dime, Estefanía.

—¿Qué tan segura es esta inyección? —preguntó ella. No pudo evitar mirar hacia la puerta por donde había desaparecido Cristian, una y otra vez, con nerviosismo—. O sea, ¿hay alguna probabilidad de que falle?

El hombre mayor sonrió con suavidad, restándole peso al asunto con un ademán de mano.

—Ningún método anticonceptivo es cien por ciento infalible, pero la efectividad de este es sumamente alta, siempre y cuando no te pases de la fecha de renovación. Si eres juiciosa con el calendario, no tienes de qué preocuparte.

Ella asintió, clavando la mirada en sus propios zapatos, pero se mordió el labio inferior con fuerza. Aquello no había sido lo único que quería preguntarle.

—¿Y si un día yo… quisiera quedar embarazada? —lo miró. Sus ojos grandes y curiosos.

—Eres una chica muy joven y tu salud está perfecta —dijo él con simpleza—. El día que decidas suspender el tratamiento, tu fertilidad volverá a la normalidad en poco tiempo. Si lo deseas, podrías concebir rápidamente.

Fue un gesto prácticamente involuntario, pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, sintiendo alivio, aunque no sabía exactamente sobre qué.

—Gracias… —solo alcanzó a decir eso cuando la calidez del momento se evaporó rápidamente.

De pie en la puerta estaba Cristian, sosteniendo el teléfono con la mano abajo.

Su semblante la hizo estremecer internamente. Seguía siendo igual de indescifrable, pero la mandíbula rígida y esa fijeza en sus ojos delataban su molestia. Él había escuchado.

Tragó saliva, queriendo explicarle, aclarar que solo había sido una duda inocente, pero la mirada feroz del hombre la dejó muda en su lugar.

—Cristian, yo solo estaba… —se animó a decir cuando llegaron al estacionamiento y ya no aguantaba más la tensión que se había formado entre ambos.

—Guarda silencio, Estefanía —cortó él, sin siquiera mirarla—. Estoy esperando una llamada importante.

Obedeció subiendo al auto y pegándose a la ventanilla, lo más alejada posible para no molestarlo. En el fondo, su corazón estaba un poco apretado, pero se decía que seguramente estaba abrumado por el trabajo; no era nada personal contra ella.

Cristian dijo que la dejaría en el departamento, pero ella se ofreció a acompañarlo a la oficina. Quizás así podía alivianarle un poco la carga.

Sin embargo, en la oficina el hombre la ignoró por completo. Sentado tras su escritorio, tecleaba en su ordenador sin parar.

Estefanía, queriendo ser útil, se acercó despacio.

—¿Quieres que te saque una copia de algún documento? —ofreció, estirando la mano para organizar unos folios sueltos que afeaban la mesa—. Puedo acomodar esto si…

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